Una
de las mayores satisfacciones que tiene uno al escribir en Es Diari es que de tanto en tanto, algún
lector lo pare para hacerle algún comentario.
El último proviene de una lectora, entrada ya en los ochenta y con una
lucidez que muchos jóvenes envidiarían.
El motivo, un dos por uno, como dirían las ofertas de supermercado.
El
uno era la siempre pendiente inspección técnica de edificios “mayores” de
cincuenta años. El otro, los recientes
desprendimientos en dos centros escolares.
Y se preguntaba por qué la
administración en vez de
preocuparse tanto de inspeccionar
los edificios particulares no se preocupaba de mantener en mejores condiciones
los edificios públicos, donde el número de víctimas potenciales en caso de un
hipotético siniestro sería relativamente mayor.
La
respuesta no podía ser otra que no fuera la de dar trabajo a los inspectores de
la cosa –arquitectos y demás-, y por ende a los trabajadores del ladrillo. A
raíz del comentario salió a colación la obligación del uso del casco y del
cinturón de seguridad. Que una cosa es
velar por reducir la siniestralidad y otra muy distinta el contribuir a que el
montante de las indemnizaciones de las aseguradoras disminuya.
Muy distinta será el caso de la Inspección Técnica y la obligación de
asegurar los vehículos a motor, dado que la circulación de éstos en malas
condiciones además de poner en peligro a su conductor y ocupantes, pone en
jaque a los demás usuarios de la vía. Y en éstos estamos incluidos todos.
A
la inspección de los edificios le ocurre lo mismo que a los conductores de
mayor edad. El percance, como en la
mili, se le supone. Otra cosa sería que
tomáramos datos de estadísticas y no de encuestas.
El peligro no está en tener delante
a un señor de ochenta años al volante, sino a un hiperactivo del
acelerador, en sentido contrario. Y si además está borracho, no digamos. Un edificio de cincuenta o más años, hecho
con peón, oficial y maestría, sin escatimar materiales, puede llegar a estar en
mejores condiciones que un novato de
gimnasio vespertino. Eso sí, salvo
vicios ocultos.
Y
de vicios, los menos. Que éstos también
son culpables, a veces. Trabajar
por presupuesto puede conllevar la
disminución en la calidad final del
proyecto. Las bajas temerarias son tan
peligrosas como los abusos en las comisiones y en los superávits. Y de momento, nadie ha inventado alguna
alternativa para ser justos en el reparto.
Sólo
quedará una inspección técnica. Eso sí,
previa, claro.
PUBLICADO EL 12 DICIEMBRE 2013, EN EL DIARIO MENORCA.