DÍAS PARA EL RECOGIMIENTO


Nos encontramos inmersos en plena Semana Santa de los católicos.  La cara y la cruz de una existencia, de un acto de amor, de una muerte y una resurrección.  De una nueva esperanza de vida.

También es verdad que  lo religioso sucumbe a lo pagano.  Los escolares –y sus profesores- toman descanso,  los mayores planifican sus desplazamientos y el mundo turístico abre sus puertas.  Pero en el fondo de todo este mercadillo, hay un antes y un después.  Una muerte y una resurrección. Un cargar pilas, una desintoxicación y un renacimiento.

Las calles de nuestros pueblos se llenarán de manifestaciones religiosas, en las que tanto quienes participan en la misma, como quienes son  meros espectadores, por unos instantes dejarán sus pecados terrenales y saborearán aquella gloria, aquella felicidad, aquella alegría que se vive  en una sociedad huérfana de valores.

Son días propicios para hacer un balance de nuestras actitudes.  Días propicios para que en recogimiento, en la soledad de uno mismo, repasemos nuestras acciones.  Son días propicios para enmendarnos.  Son días para rebelarnos incluso. De romper ataduras y por qué no, plantar cara al destino intoxicado de una sociedad enferma, hipócrita y  mutilada.

Son días para entonar el mea culpa y para prometernos un futuro más justo, más igualitario, menos hipócrita.  Deben ser días de limpieza interior. Días de recogimiento.  Pero cuesta.

Y costará porque no aceptamos nuestros defectos.  Ni damos, ni tenemos, ni queremos tener tiempo para reconocerlos.  Planificamos nuestros descansos con más tareas, con velocidades que no nos dejan reconocer el paisaje cotidiano en el que vivimos y en el que debemos convivir.

La convivencia, otro factor deficitario. Enmascarada con la competitividad, traicionamos los valores. Apostamos por lo fácil y apartamos lo esencial.

No abrimos camino, y si lo hacemos, ponemos trabas y tomamos atajos. Necesitamos que  el camino se nos abra con la implicación desde el poder.

En el terrenal, faltará motivar a los gobiernos para que ellos sean valedores del proyecto.  Si no, sin un guía, serán estériles todos los esfuerzos unitarios.

 En el espiritual, el papa Francisco ha tomado la vara.  Atrás quedarán para siempre las hipocresías de quienes amparados en una mal entendida doctrina, han hecho de la cristiandad un coto privado para sus necesidades.

Ahora falta que quienes nos decimos  católicos, le sigamos. Que le escuchemos.   Y que le queramos entender.

Entender y seguir, la gran falta  de nuestros días.
PUBLICADO EL 17 ABRIL 2014, EN EL DIARIO MENORCA.