La
semana pasada las imágenes me devolvían casi cuarenta años atrás. Era como si el NODO invadiera nuestros
canales televisivos y reviviéramos de nuevo la muerte de Franco. Largas colas para dar el último adiós,
posterior traslado del féretro en un
armón de artillería por las calles de la capital, y todo bajo la atenta custodia de gente
uniformada. Su posterior sepultura en la
catedral de Ávila sellaba aquella imagen del Valle de los Caídos, treinta y
tantos años atrás.
Seguiría un funeral de Estado y los
más altos honores habidos y por haber. Medallas, cruces, collares, títulos y
aeropuertos. Pero aquel lucero al que se
rendían honores, reflejo del que
cantaban los antiguos miembros del Movimiento ya trasformados en camisas
blancas de su época, era un auténtico desconocido para las generaciones de
finales de los ochenta y posteriores.
Su salida apresurada de la política
y los consiguientes fracasos en los refrendos democráticos, le hicieron ser
este gran desconocido para la nueva generación de españoles. Pero esta nueva
generación de españolitos de a pié, se bastan y se sobran. Y no necesitan mirar a un pasado manipulado
ni hipócrita. Miran hacia el futuro. Y sobre todo, viven en el
presente.
Y es en este mismo presente, en esta
misma semana en la que media España se dejaba engatusar por los lobbies y demás
interesados en subirlo a los altares, cuando grupos incontrolados se manifestaban
apedreando a los garantes del orden. Y
nadie se interpuso. Casi nadie se interpuso.
Casi
nadie, porque los estudiantes sí que se interpusieron. Y se impusieron. Aquellos jóvenes
desconocedores de quién era Adolfo Suárez, nos dieron una lección de democracia
y de libertad. Una lección de derechos
y de deberes. Se manifestaban contra las
subidas de tasas, de leyes, contra el ministro y demás, sí. Pero echaron de sus filas a aquellos saboteadores que nada tenían que ver con su
lucha. Y los echaron ellos mismos, con
su decisión, con su coraje.
Aquel
lucero de la canción había perdido el
resplandor, pero aquellos jóvenes españolitos y asimilados, aquellos que habían
decidido ejercer sus derechos en la calle de todos, nos habían enseñado la
luz.
Una
luz dirigida desde el presente y con vistas al futuro. No necesitaban retroceder casi cuarenta años para encontrar
la ilusión. La ilusión y las
posibilidades estaban en el presente. La
luz era la ilusión puesta en camino. El
interruptor, el esfuerzo. La energía,
ellos mismos.
¡Y
sin necesidad de cánones!
PUBLICADO EL 3 ABRIL DE 2014, EN EL DIARIO MENORCA.