Hoy haré una
pausa y dejaré aparcado todo comentario sobre los huidos. Puigdemont sigue en Bélgica y de momento no
se le espera. Y supongo que a estas
alturas, Pedro ya habrá vuelto de su huída a las Américas y ya no tendrá que
enfrentarse a los últimos affaires de sus ministros. Vamos, la táctica del avestruz que usaba Rajoy, aunque al menos Mariano nos
salía más barato en viajes.
Hoy me voy a
posicionar a favor del Papa. Y es que la
sociedad se alimenta de la hipocresía que ella misma fabrica a su antojo. Con sus silencios cómplices y sus
humillaciones mal digeridas. Ahora resulta
que cuando un Papa va y coge al toro por los cuernos, y decide poner los puntos
sobre las íes, destapando las vergüenzas durante tantos años ocultas, el resto
desvía las miradas y dirige el dedo acusador hacia el Santo Pontífice. Y eso no es justo.
El Papa y sus
representantes hablan del Diablo. Yo no hablaré de diablos ni de fuerzas del
mal, está claro. Sin duda ello pertenece
a un lenguaje digno de los tiempos de la Inquisición y en que la gente era
devota más por miedo que por convicción.
Es más, tampoco creo que a ningún pederasta de hoy en día se le queme en
la hoguera –al menos en el mundo occidental-.
Y aunque no
hable de diablos ni de fuerzas del mal, sí que mencionaré la existencia de
sospechas en algunos padres y que quedan apagadas en el interior por aquello de
la reputación propia, del centro, del elitismo de clase. Y no importa ir muy lejos, no. Algunos hemos sospechado algunas tendencias
precursoras de pederastia, por parte de algunos curas, o como se les
llame. Y allí queda, en el interior de
uno mismo, hasta que los medios de comunicación –pioneros de los servicios de
espionaje del siglo XXI- destapan la verdad acallada.
Y el Papa ha
tenido la valentía que muchos padres, muchos obispos, muchos católicos no han
tenido. Ha abierto las puertas y las
ventanas de su casa para que se aireara todo lo condensado en su interior. El problema no es el Papa. El problema es que aún hay demasiadas fuerzas
–personas con fuerza, más bien- en el interior de esta casa que se resisten a
que afloren tantos siglos de oscuridad.
No nos
engañemos, también hay fuerzas en el exterior, que se resisten a que nuevos aires invadan nuestra sociedad. Muchos necesitan que este oscurantismo se
perpetúe en el tiempo para seguir viviendo de rentas. Unos, como vividores en ellas, otros como
necesitados de los demás.
Vamos, que el
Papa, sus enemigos también los tiene en
casa.
PUBLICADO EL 11 DE OCTUBRE DE 2018, EN EL DIARIO MENORCA.