UN SENYOR DAMUNT UN RUC

Ocurrió en Gibraltar, pero no era la primera vez que ocurría.  Fue en eso que llaman redes sociales que observé cómo tras ganar el oro individual en bádminton y al subirse al pódium nuestro representante, sonó Un senyor damunt un ruc.  En aquel momento mi memoria me devolvió a aquellas imágenes del barcelonés  Fernando Rubió i Tudurí  con la mano en el pecho, al escuchar los sones de dicha canción. Y de eso ya ha llovido y tramontanado bastante.

Podríamos decir que aquel fue el inicio de la institucionalización o la toma en consideración por parte de la conciencia colectiva de que, o bien los menorquines necesitábamos un himno, o bien aquella canción podría ser nuestro himno.  O ambos.  Y todo ello provocado supuestamente por el propio Rubió.

Lo cierto es que no me desagrada la elección –aunque también debo confesar que me parece una decisión más cómica que meditada-.  Puestos a elegir, también podríamos valorar el Himne a Menorca del maestro Deseado Mercadal. Y voto por este último.

En el Himne a Menorca hay sentimiento, mucho sentimiento. Y eso, queramos o no, es lo que necesita un himno.  Una canción que nos llene y que nos represente.  Que nos diferencie de otros lares y sobre todo, que nos una en lo propio.

¿Y qué es lo propio?  No vale devolvernos al siempre tendencioso juego de enfrentarnos al dilema catalán si, catalán no.  Menorca, por suerte, tiene mucho más bagaje histórico y cultural que Mallorca e Ibiza.  Menorca, por suerte no se parece en nada a Mallorca, ni a Ibiza, y ni de lejos se parece a Barcelona. 

Otra cosa muy distinta es que algunos menorquines tengan un arraigo con Barcelona, una deuda con ella, o quién sabe qué intereses con la Ciudad Condal.  Pero eso ya son asuntos personales, individuales, de círculo cerrado.

Y Menorca es todo lo contrario.  A pesar de ser un territorio cercado y limitado, y tal vez por eso mismo, es un territorio abierto y extensible.  Abierto al exterior, tanto de entrada como de salida. Y por eso mismo, el Himne a Menorca del maestro Mercadal, representa este sentimiento de salida.  De salida física sí, pero también de aquella permanencia perenne en nuestro interior.

Nuestra roqueta siempre perdurará en nuestros corazones, al menos en quienes no tenemos otra patria que no sea la nuestra, la propia.  Es sin duda nuestro ADN menorquín. No hay  prueba más fiable que aquella carne de gallina que se nos pone al oír hablar de Menorca, ya sea en menorquín o en castellano.


Lo otro, simplemente son intereses partidistas.

PUBLICADO EL 18 DE JULIO DE 2019, EN EL DIARIO MENORCA.