En mi escrito del pasado día 10 expresé mis temores a que el presunto fallo en el voto telemático del diputado Alberto Casero hubiera sido un “pacto in extremis” entre Casado y Pérez-Castejón. Pero estos temores se esfumaron tras las elecciones para las Cortes de la Junta de Castilla y León del pasado domingo 13.
Y se esfumaron porque ya no eran temores, eran
certezas. Pablo Casado renunciaba a los
apoyos de VOX para intentar gobernar con la abstención de los votos del PSOE, y
así ganarse el espacio de centro, vamos, como Albert Rivera en su día. Al mismo
tiempo, el alcalde socialista de Valladolid, abogaba por una abstención de su
partido que permitiera acceder al PP al gobierno regional. Y, es más, el pinocho de los socialistas,
tendía la mano envenenada diciendo aquello de “o todo o nada”. El titular del famoso colchón de la Moncloa
pasaba del “no es no” al “todo, todo, todo”.
Pero había más.
Ambos, Pedro y Pablo, tienen un enemigo común que se llama Isabel -como
aquella reina católica que tuvo en su día la incipiente España- y que por
aquello del carisma y ponerle huevos a la cosa, manda en la Comunidad de
Madrid. Y no tan sólo manda en Madrid,
sino que algunos dicen que puede pretender el sillón de Génova. Vamos que eso de la “derechita cobarde” no va
con ella.
Pero no hay dos sin tres, ni sin cuatro en este
caso. Los fontaneros tanto de Génova
como de la Real Casa de Correos, Teodoro y Miguel Ángel, también pudieron ser
portada, aunque el primero lo fuera de verdad al perder los papeles en su aparición
pública ante los medios. Y es que la testosterona tiene sus contraindicaciones.
Al final, el desgaste en el PP nacional habrá sido
mayúsculo. El titular de Génova ha
tenido que retroceder y se habrá ganado por méritos propios el sobrenombre de “el
fra-casado”, al menos en este primer asalto para finiquitar a Díaz Ayuso. En la baraja aún quedan cartas sin destapar.
Algunas de gran calado.
¿Por qué se negó la contratación de detectives para
investigar el tema si hubo incluso una agencia que confirmó los intentos de
contratación, e incluso dimitió el ya famoso Ángel Carromero? ¿No es sospechoso
que se dijera que la información -y además presuntamente falsa- había salido de
la Moncloa y que luego se negara?
¿A qué precio se vende la estabilidad de un
país? ¿Vale la pena sacrificar a un peón
o a un alfil para poder volver al bipartidismo? ¿Quién salva a quién? ¿Pedro a Pablo o Pablo a Pedro?