ECHAR AL SANCHISMO

 

La historia reciente -ayer mismo- nos enseña que todo es efímero.  Que nada es eterno.  Ni las palabras valen como garantía ni son lo que eran antaño.  Ni son, siquiera.  Sánchez, nuestro amado presidente -Pedro, para más señas- nos lo ha enseñado día a día, aparición tras aparición, durante estos últimos años.  Y ahora más.

Ahora, en plena carrera hacia el 23-J, la oposición habla de “echar al sanchismo”. Y también a Sánchez, claro.  Y no es lo mismo.  O al menos uno es más que otro. No es lo mismo Franco que el franquismo.  Con Sánchez ocurre lo mismo.  Sánchez es a Franco lo que el sanchismo es al franquismo.  Y aunque parezca extraño, prefiero que primero se eche al sanchismo.  Lo otro ya vendrá por sí sólo.

Sánchez, aunque él no se lo crea, tiene fecha de caducidad.  No hay mal que cien años dure, dice el refrán.  O doscientos, para asegurarnos.  Pero su obra, tiene visos de perpetuarse por los siglos de los siglos, si solo respondemos con el epigrafiado del consumo preferente.

¿Y qué es el sanchismo? El sanchismo no es el arte de mentir, ni muchos menos.  Adolfo Suárez y Felipe González mintieron -o rectificaron- a sabiendas, y allí están en lo más alto del escalafón democrático.  El sanchismo es mucho peor. Es el arte del desmembramiento de las instituciones, del Estado de Derecho, de la separación de poderes, de la independencia judicial.  Es el arte de romper todas las estructuras democráticas, de minarlas desde dentro y preparar la voladura controlada -o descontrolada, vaya usted a saber-.  Un quintacolumnista nato.

Felipe González prefería, decía ya en los setenta, “ser apuñalado en el metro de Nueva York que vivir en Moscú”, y con ello renovaba una larga tradición anticomunista de su partido. Cuando, en julio de 2020, Sánchez dijo en el Congreso sentirse “más cerca de la España que soñaba Alberti, la Pasionaria y muchos otros comunistas que construyeron la democracia en este país” o bien desconocía que los comunistas de democracia, nada de nada, o bien sabiéndolo, su subconsciente -inconsciencia, más bien- le delataba.

Hay que echar a Sánchez, está claro. Y con las armas democráticas que nos dimos entre todos.  Pero más necesario es hacer fuera de las instituciones los virus durmientes que ha ido inoculando, de lo contrario cuando éstos despierten e intentemos defendernos, no habrá ni mascarilla ni antídoto que valga. 

Por no haber, no habrá ni urnas.  A no ser que las encontremos detrás de un biombo, en Ferraz 70, como ya ocurrió en su primera vez.

PUBLICADO EL 13 DE JULIO DE 2023, EN EL DIARIO MENORCA.