Pues ni Cavarrubias ni Sbarbi me convencen. Ambos, al término de ser un “viva la Virgen ” lo identifican como al hombre sencillo y candoroso que tiene
sus ribetes de bobo, o inocente y cándida.
Me posiciono más bien en la teoría de Iribarren que lo atribuye al grito
de guerra de los indígenas recién bautizados cuando atacaban a los corsarios
que intentaban adentrarse en las costas americanas.
La despreocupación, como término más suave de los posibles a
utilizar, será quien representará a muchos de los “vive la virgen” que se han
ido materializando durante todas las épocas. Y si además, la sociedad y su
ordenamiento permiten beneficiarse de ello, no digamos.
Este es el caso de Santi y Jaume. Son hermanos gemelos, que ni nacieron el
mismo día, ni tan siquiera son hermanos.
Y por supuesto tampoco existen físicamente.
Nacieron de ello hace ya años.
En plena dictadura, dirían algunos.
El caso es que sus progenitores les educaron por igual, tanto en los
colegios de antaño, como en su familia.
Cursaron el bachillerato con sus reválidas de entonces y entraron a
trabajar en la administración de antaño.
En ayuntamientos diferentes pero en puestos –y sueldos-análogos. Santi, eso sí, debió tomar algún gen de más
por parte paterna que su hermano Jaume y sus salidas nocturnas eran más asiduas
y sonadas. A pesar de ello, cada mañana
era reflejo de puntualidad en su lugar de trabajo.
Tal vez por ello –por el aumento de genes paternos-, fue el
primero en abandonar la soltería. María,
la mujer con quien llegó al altar, venía de una familia llamada media. Sus progenitores, aunque sin malcriarla, hasta aquel momento le
habían facilitado sus necesidades.
Ni Santi ni María pretendían imponerse rol alguno. Vivir al día, eso sí. Su empresa, la de casados, viento en
popa. Santi, cada mañana y alguna tarde
continuó año tras año en su lugar de trabajo. Era referencia de sus
compañeros. María, sacaba el hogar y era
el apoyo escolar de sus hijos.
¿Por qué comprar una vivienda si estando en alquiler uno se
despreocupaba del IBI, de las goteras y demás costes de mantenimiento? La organización de la economía doméstica era
una de las labores primordiales de María. Si al principio de casados los
ahorros se quemaban en las cenas del fin de semana y en el alquiler de un
apartamento en verano, con el paso de
los años, la diferencia siempre positiva entre la suma del inexistente
potencial cargo de la hipoteca, IBI, seguro, comunidad y gastos de
mantenimiento y del importe abonado por el arrendamiento, obtenían lo necesario
para un viaje al extranjero.
Y así siguen viviendo ahora.
Eso sí, jubilados, con actualización de domicilio cada cinco años y con
vehículo que no supera los siete años de antigüedad. Y con ingreso en cuenta tras cada anualidad del IRPF. Y unos ahorrillos bien guardados.
Jaume era y es diferente.
Sus genes, importaron más material materno que paterno y ello debió
condicionar su acercamiento social. Su
entrada en el mundo laboral también se inició de la mano de la cosa
pública. La llegada al altar en cambio
se hizo esperar. Y fue con Anita, la
novia que conoció en los años de bachillerato.
La espera vino motivada porque se habían hecho muy suyo el dicho
de que “el casado, casa quiere”. Y la
querían propia, no de arriendo. Y en
esto que se pusieron.
Y tanto que se pusieron que ni cenas ni regalos ostentosos durante el
noviazgo. Sus encuentros siempre en casa
de los padres de uno y del otro, sus contadas salidas grupales y como viaje,
sólo aquel ensueño trasladado al mundo imaginario tras cada proyecto de
hipoteca.
Al final, el banco de entonces les cautivó el sueldo –y los
sueños- por varios años y así se convirtieron en propietarios de un tanto por
ciento de una propiedad horizontal. A la
vez que el cura bendijo la unión, el notario escrituraba una hipoteca que
aportaría estabilidad al domicilio y asegura un futuro lazo con el fisco.
El tiempo también corrió para Jaume y el jubileo le reportó la
recuperación de unos ahorros transformados en un buen plan. O al menos, eso le decía la propaganda de
aquellos primeros años. Tras pasar por
caja y ceder el cuarenta y tanto por ciento a las arcas comunes, aquel
plan sólo le sirvió para el cambio de
transporte.
Santi y Jaume se ven ahora a menudo. Sus horas de asueto, libres de ocupaciones
laborales, les permiten recrear aquellos momentos que de niños compartían. Sus recuerdos les llevan a repasar sus caminos
tomados. Jaume le recuerda a Santi la
vida que llevó en su juventud desenfrenada y su falta de previsión para un
futuro. Le recuerda el dinero
desperdiciado y la falta de propiedad con que hacer frente a cualquier achaque
futuro. Santi, sin necesidad de defensa,
le comenta los ahorros guardados, la vida vivida, y como no, lo más duro: no
está condicionado por fisco alguno.
Sus ahorros no le condicionan ante ninguna ayuda que solicite.
Su carencia de propiedades le es un aval ante cualquier ayuda social que
presente ante la administración. Las
cantidades invertidas en el arrendamiento incluso le desgravan.
A Jaume, todo lo contrario.
El valor del IBI le repercute en otro gravamen. Y en otro. Y lo repite
en el IRPF. Incluso en la medicina que recoge
en la farmacia. Su tesón en trabajarse
un futuro, le condiciona el futuro que es ahora presente.
Jaume está convencido de que se equivocó. Como tantos otros. El presente ya no es suyo. Santi, aquel despreocupado de antaño, vivió
la vida, y vive el presente. Del futuro,
no sabe, no contesta.
Jaume, tampoco.
PUBLICADO EL 16 DE JUNIO DE 2013, EN EL DIARIO MENORCA