O
un martes, o un viernes, actualmente tanto da. Ya sea por la parte
de Llevant, Centro o Ponent, hay bastante diversidad para
entretenerse uno, o al menos para practicar de turista. Y no hace
falta invertir del bolsillo propio, de sacar la billetera, vamos.
Hace
tiempo que uno no disfruta de las vacaciones, si entendemos a éstas
como la desconexión total, y más aún si a ellas añadimos el uso
del avión para alejarnos de la normalidad. Pero el amago también
es posible. Y aunque parezca raro, ahora más. Más, porque el
ambiente existe. O el reclamo. O el flautista, quien sabe.
El
pasado jueves practicamos de ello. En el puerto, claro. Y en el de
Mahón, por supuesto. Y como no, utilizando el ascensor, que para
esto está. Y vaya si se usa. Subía y bajaba que ni se paraba para
respirar. Y lleno en la subida, y por supuesto en la bajada. Y uno
no es consciente de lo necesario que era, hasta que no lo ha probado.
Es muy cómodo aparcar y encontrarte en el mismo puerto, como en la
vuelta, encontrarte a pocos metros del coche. Y más cómodo es
pasear por el puerto.
¡Vaya
que sí!. Los coches no circulan. Los peatones pasean, y no entre
las terrazas ni en el borde mismo del muelle. La calle es nuestra,
piensa uno. Y no lo dice Fraga, sino uno mismo. Los niños
corretean, los mayores pasean y parlamentan. Y quien puede, se
sienta e invierte en los locales de restauración y de ambiente. Y
quien no, amortiza unas horas de asueto, desconecta de lo cotidiano e
incluso se socializa uno. Vamos, que se relaciona, que nada tiene
que ver con tendencia política alguna.
La
otra parte del puerto, la notas seria, apagada, muerta. Aunque
puedas transitar por una mitad de la calzada, no te atreves. Te
sientes como en fuera de juego y esperando que el árbitro te señale
la falta. El juez de línea no te acusa ni el silbato te frena, pero
cedes el balón y te sales por la tangente. Al borde del muelle
mejor. Que la acera no te deja perspectiva ni la visión es de
pájaro. Pero al poco, tu mirada se dirige a aquellos barcos, yates
más bien. Y a los marineros de éstos que, aunque ya de noche, aún
limpian el casco, la entrada y la pasarela.
Piensas
en tu billetera y te acuerdas que a propósito no portas más de
veinte euros. Un helado, vamos. A propósito…. y por necesidad.
Aunque en aquel ambiente no puede uno pensar en la crisis ni en la
subida de la luz. ¿Qué crisis?. Aquellas terrazas llenas no
entienden de crisis. Y menos cuando los restauradores cuantificaron
en millonarias las pérdidas por el cierre de antaño. Y los
millonarios yates expuestos uno al lado de otros. Y otros. Y más.
Y sus dueños, claro. Y eso que dicen que el de Mahón es caro.
Crisis, ¿qué crisis?
Pero
la otra mitad del puerto sigue apagado. Pasan coches, pasan, pasan
y no se paran. Tampoco hay donde pararse. Los aparcamientos están
llenos. El ambiente está al lado. Al otro lado, tras la valla.
Sigues y te detienes ante el acantilado. Acabas de bajar por un
ascensor y te planteas la necesidad de otro. Al otro lado.
Equidistante, dirán los entendidos. Necesario, añadirías tú. Y
aquí vuelves a palpar la necesidad de la inversión pública antes
que la privada. O al revés. O la complicidad de ambas, quien sabe.
¿Por
qué no se construyó en su momento un edificio de aparcamientos que
uniera el puerto con la plaza de la Miranda? ¿Por qué no se
aprovechó cuando la construcción del parking de Sa Plaça, llegar
hasta el nivel del puerto y unir aparcamiento y acceso? ¿Se
imaginan un puerto peatonal con un aparcamiento a cada lado? ¿Se
imaginan el ambiente que ello propiciaría?
Aunque
claro, algunos seguirían reclamando pérdidas millonarias. Y es que
sobre gustos, no hay nada escrito.
De
regreso, los veinte euros seguían en mi billetera y además, con un
escrito listo para subir a la red. Nunca mejor dicho.
PUBLICADO EL 16 DE JULIO DE 2013, EN EL DIARIO MENORCA.