DESCUENTO DE RESIDENTE

Cuando hablamos u oímos hablar del descuento de residente, sin duda alguna lo asociamos al coste del billete de avión, al efecto ratonera, a la incompetencia de algunos, a la no competencia del mercado, a la carestía de la vida, a los fraudes detectados  y a un largo etcétera que nos aísla un poco más del resto del Estado.

Esta vez, la inspiración del título no me vino dentro de ninguna aeronave ni por las ansias de salir de nuestra roqueta, sino todo lo contrario, el de permanecer en ella.  Reconozco que para mí, Menorca sigue siendo una desconocida.  Existen aún hoy, muchos lugares desconocidos  y por descubrir, que me aseguran –de llegar algún día- una jubilación nada aburrida.

El destino fue la siempre admirable Ciutadella.  Si desde pequeño cada ida a Ciutadella marcaba un suspiro de asombro, todavía hoy, admiras las peculiaridades de aquella ciudad menorquina.  Peculiaridades y como no, la visión que tuvieron sus mayores para promover una empresa turística que resiste todo embate actual. 

Y el punto concreto fue un parque acuático existente en una de las emblemáticas urbanizaciones del entorno ciudadelano.  Más que urbanización, pueblo estival, núcleo vacacional, o ciudad de relax, como quieran llamarle, pero es que para un mahonés, Ciutadella es una ciudad de no acabar –al menos en verano-.  Una ciudad referente, con su núcleo urbano, su casco antiguo, con sus tradiciones y con unos apéndices que aglutinan centenares y centenares, por no decir miles, de puestos  de trabajo, y miles y miles de pernoctaciones. 

Y en una de estas urbanizaciones, con su parque acuático, con spa, toboganes, kamikaze, picnic y demás, me sorprendió el hecho de que a los residentes en Menorca se nos hiciera un descuento del cincuenta por ciento.  Y sin coste alguno por parte del Estado, del Govern o de cualquier otra administración.  Dirán unos, un descuento a cargo de la empresa.  Dirán otros, un mantenimiento de la clientela propia y un mayor coste para los visitantes.

Y te sorprende.  Te sorprende porque acostumbrado a vivir en una sociedad, la menorquina, en la que los precios suben según la demanda turística, y en la que muchos establecimientos prefieren cerrar en invierno antes que hacer más asequibles los precios para la economía  residente, uno no puede más que sorprenderse y agradecer actitudes empresariales que a la vez que favorecen la economía de la empresa, favorecen el mantenimiento de puestos de trabajo y facilitan una válvula de escape para el menorquín que no puede salir de vacaciones a otros lares.

Y es que el menorquín está necesitado de ayudas.  Ayudas morales más que monetarias.  Ayudas a ser lo que ha sido siempre, y que desde hace pocas décadas, alguien, muchos “alguienes”, se han esforzado en destruirnos.  El menorquín de siempre, de toda la vida, siempre pudo ir por el campo, por los poblados talayóticos, a los museos, bibliotecas, pescar y buscar setas y amarrar la embarcación, sin necesidad de pago alguno, de autorización administrativa previa, ni de ningún otro acto administrativo  que no fuera la del buen comportamiento y buen uso de las costumbres del lugar.  Y esto se acabó.  Y de cada día, más.

Y aunque parezca contradictorio, cada día somos más ciudadanos del mundo, como apuran algunos inconformistas.  Cada día se nos decretan  más leyes que nos van restando nuestra peculiar forma de ser, en beneficio de un bien común, llámesele del Estado o de Europa, llámesele negocio de las aerolíneas, de las petroleras o de las farmacéuticas.

En fin, bien venido sea cualquier atención hacia el menorquín residente.  Es como si en la barra del bar, algún día, el camarero te invita a una copa, café o refresco.  ¿Por qué no?. 


Las buenas costumbres, no tienen por qué perderse, por mucha crisis ni negocio que haya.  Y tal vez, por eso mismo, por el bien del negocio, y por ir en contra de la crisis.

PUBLICADO EL 16 AGOSTO 2013, EN EL DIARIO MENORCA.