Cuando
ves entrar a la señora Munar al recinto
penitenciario de la carretera de Soller, un sentimiento de satisfacción se apodera de ti. Es la demostración palpable de que vives en
un estado de derecho y que la justicia es igual para todos. Pocos dias antes, un Jaume Matas irradiaba felicidad a raudales
por otra interpretación de este mismo estado de derecho. Para ti, aquella felicidad de Matas te
demostraba que el dinero sirve para recurrir
sentencias y para pagar abogados.
Y sólo así, recurriendo fallos judiciales y pagando
buenos profesionales, puede uno
beneficiarse de una nueva interpretación de las leyes.
Tras
la primera impresión, la entrada de la señora Munar a la cárcel ya no te
convence demasiado. Te esperas algún
recurso que la saque, al menos provisionalmente, de la cárcel. Días
después es otro exmiembro del Govern quien entra en el centro penitenciario. Y en este último caso, aún con una condena superior en años, no te
produce la misma reacción. ¿Será que los
vaivenes políticos de la señora Munar durante sus años de cosa pública, a fin
de mantenerse en el poder, propician
estos sentimientos dispares?
Y
si los veranos anteriores servían para presagiar unos otoños calientes, en
éste, no existe otoño previsible. No
hemos dejado de preocuparnos, o más aún, no nos dan respiro para que nos
despreocupemos. La militancia del
presidente del Constitucional ha sido otro detonante. Y más que nada, por la chapuza hecha. Por muy legal que sea el hecho de militar en
un partido, no es nada conveniente que el presidente del Constitucional,
incluso algunos de sus miembros, militen
en ellos. Ni tan si quiera tengan preferencias
por algunos de ellos. Pero , ¿cómo creen
que son nombrados los miembros de los tribunales si no por intereses de los
partidos y de los antecedentes en cuanto a sus posicionamientos? ¿por qué se
habla de tendencias y sectores entre jueces? ¿es verdaderamente un poder
independiente cuando algunos de sus miembros son nombrados por los partidos que
integran y forman otro poder del Estado?
El
trágico suceso del descarrilamiento del tren nos devuelve a otra realidad. Mientras los presuntos ladrones del dinero
público entran en la cárcel, un presunto infractor de las normas de conducción
del tren, queda imputado y en libertad provisional. ¿Valoramos suficientemente el valor que tiene
una vida?
En
Mallorca el monte se quema por otra imprudencia. Y en Menorca, supuestamente por la acción del
algún otro pirómano. La intencionalidad sin duda, entrará en juego a la hora de
enjuiciar cada caso. Como se supone que
también servirá para castigar al conductor del tren, si es que al final se le
considera culpable. No en vano, algunas voces desde el principio ya
reclamaban culpabilizar a la empresa por defectos en los mecanismos de
seguridad de las vías y de los vehículos.
¿por qué este afán de reducir la responsabilidad al factor humano y
derivarla hacia la administración?
Igual
ocurre con las decisiones políticas. La
salvaguarda del político de turno estaba plenamente garantizada antaño con la
obligada intervención del secretario y del auditor de cuentas de cada
administración. Salvaguardada hasta que éstos profesionales, verdaderos
notarios de la cosa pública, a alguien les pareció más cortapisa que garantía
legal, por lo que empezaron un peregrinaje de interinidades y de cargos
paralelos, en busca de la laguna legal que posibilitara esquivar en algunos
casos, la norma dictada.
Incluso se apuró más.
El político de turno –algunos, claro-, presuntamente eso si, se invistió
del carácter gestor. Ya no proponía ni
imponía criterios, sino que dictaba resoluciones y disposiciones finales. Hubo quienes se atribuyeron los tres poderes
en uno, incluso alguno se atrevió hacer sus pinitos con el cuarto poder.
Y
es este mismo cuarto poder, su independencia subjetiva, la que sin duda
colabora manteniendo el equilibrio del Estado.
Dando y quitando razones, descubriendo falsedades, y manteniendo el
interés del populacho. De lo contrario,
por mucho que actuara la justicia, por mucho que hubiera políticos nobles y
honrados, al populacho le faltaría el morbo que nos mantiene en esta pasividad
festiva a la que nos ha derivado tanta corruptela pública, privada y política.
PUBLICADO EL 1 AGOSTO DE 2013, EN EL DIARIO MENORCA