PEDRO, EL EMPECINADO

No es natural de Castrillo de Duero como sí lo fue Juan Martín Díez, pero seguro que si no la historia, al menos  la Wikipedia le dejará un hueco para el apodo.  Si a Juan Carlos I lo apodaron “el breve” y duró casi cuarenta años, qué no van a decir de Pedro, que no llegó siquiera a poder institucionalizar los funerales de Estado en las muertes por violencia de género.

“No es no”, repetía como niño de parvulario. Pero la política no se aprende en las escuelas sino en el difícil trago de la vida misma.  “No es no”, pero con matices, según sean los intereses.  Según sean las necesidades.

Pedro lo sabe, seguro.  Pero sus intereses, sus necesidades, incluso sus valores no eran unánimes con el resto de sus compañeros de partido.  Ni por supuesto, de sus votantes. Transmitía la sensación que su único interés, su única necesidad, era presidir el  Consejo de Ministros.  O eso, o ser el próximo inquilino de la Moncloa.

Su repetido “no es no” lo traducía para sí mismo como “o presidente o Moncloa”, y el precio, el que fuera.  Pactar con Podemos sentado sobre una  bomba de relojería  o independizar a Cataluña, no tenía por qué ser problema.  O al menos, así se podía interpretar. 
 
Y no tan sólo España estaba en juego, sino también el propio PSOE.  Las centenarias siglas se veían amenazadas desde su flanco izquierdo por un partido de laboratorio.  Y en vez de presentar batalla, se dejaba cortejar. ¿Será por aquello de no haber alcanzado la edad crítica de los cuarenta y cinco años de la Bescansa?

Calculó mal su fuerza.  Intentó que el PP desalojara a Rajoy de Génova y de la Moncloa, pero la pelota volvió a su tejado.  Habló de democracia interna y utilizó la militancia en su favor, pero maniobró con mano firme en la cercanía. Como Iglesias en la búsqueda de la cuadratura de sus círculos.

Democracia y autoridad es una dualidad difícil de compaginar cuando el interés común se ve intoxicado por intereses y  empecinamientos mal calculados.

Anteponer los intereses personales por encima del futuro del PSOE no es de recibo. Anteponer los intereses personales por encima del futuro de España, roza el juzgado de guardia.  Y así lo ha entendido parte de la militancia, y parte de sus cuadros.  El problema es la otra parte: la del espectáculo.


La del espectáculo que ofrecieron algunos de sus seguidores en las puertas de Ferraz.  ¿Es necesario llegar a la agresión para imponer sus ideas? ¿Es esa la forma de gobernar que pretenden imponer con sus potenciales aliados a su izquierda?


PUBLICADO EL 6 DE OCTUBRE DE 2016, EN EL DIARIO MENORCA.