Ahora le toca
el turno a los deberes. Y miren que en
esto, estoy de acuerdo. En parte. Los contrarios argumentarán que resta tiempo
para la convivencia y conciliación familiar y para las demás actividades que se
programan para el correcto desarrollo del menor y no les faltará razón. Quienes están a favor, en cambio, dirán que
los mismos favorecen unos hábitos de estudio, constancia y como no, de
disciplina hacia la superación. Lo cierto
es que ambos, tendrán razón. O parte de
ella.
Es hora pues
de la negociación, de entenderse y como no, de llegar a acuerdos. De dejar posiciones e intereses políticos y
centrarse en los aspectos positivos y beneficiosos del menor. Esta negociación,
diálogo y convivencia que intentan inculcar desde la escuela a los alumnos,
será la que necesitarán los adultos para llegar a buen término, no ya solo esta
cuestión sino todo lo relacionado con la enseñanza.
Digo enseñanza
y no educación a propósito. Los padres,
y por ende la sociedad, ha dejado en manos de las escuelas incluso temas tan
esenciales como puede ser la educación.
Y viceversa. Actualmente da la
sensación de que las escuelas parodian las repúblicas independientes de IKEA,
donde compras el producto y lo monta uno mismo en su domicilio.
Los centros de
enseñanza venden el producto, y uno mismo lo encaja con ayuda propia o ajena,
en casa. Descuadrado, embalado o
acertado, quedará en aquella habitación, para uso y disfrute de uno mismo. Y mañana más.
¿Falta tiempo
o sobran contenidos? ¿Sobran ratios o materias?
Aquí cada uno hablará desde su perspectiva, desde su punto de vista,
desde sus intereses. ¿Y qué decir de los
horarios lectivos? ¿Qué decir de tantas semanas de vacaciones? ¿Qué decir de la
religión y sus sucedáneos?
Una
disminución de los ratios, mejoraría la dedicación a los alumnos y la reducción
de profesores en paro. Un aumento de las
jornadas lectivas propiciaría que las materias no tuvieran que condensarse en
tan poco tiempo y las prácticas de los deberes pudieran realizarse en
clase. La eliminación de la religión y
sus sucedáneos de las escuelas, propiciaría ganar tiempo para la enseñanza y no
para el adoctrinamiento. Y así sucesivamente.
Ahora bien,
¿quién es el chulo que aprueba una ley uniforme para toda España? ¿Quién se
atreve a quitar la religión –y sus sucedáneos- de las escuelas? Y como no ¿quién se atreve a ampliar el número de jornadas lectivas sin que los sindicatos se
les tiren al cuello?
¿Bajar el
listón o mejorar la enseñanza?
PUBLICADO EL 10 DE NOVIEMBRE DE 2016, EN EL DIARIO MENORCA.