Cada
principio de año aprovecho esta ventana que me ofrece “Es Diari” para darme mi
peculiar homenaje. Este año ya son treinta y uno los años que me asomo a estas
páginas. Resiliencia, vendrían a llamarlo ahora. Por aquellos años fue más bien una rabia
contenida, una impotencia antijurídica o la terapia más barata y eficaz que uno
pudo encontrar.
Han pasado
ya más de tres décadas de aquella Epifanía del Señor de 1995 y visto desde la
lejanía, me doy cuenta de que he aprendido mucho. ¡Y lo que me queda por
aprender! Valoras el momento y te das cuenta de que el tren pasó por la
estación y que te subiste a él. El tiempo te ha demostrado que el tren siempre
pasa por la estación y aunque muchas veces estemos ensimismados, éste siempre
se detiene. Otra cosa es que subamos o no.
En este
viaje no he estado solo. Por el camino he encontrado mentores -y
detractores-. Traiciones y apoyos.
Palmaditas y algún cuchillo que otro clavado en la espalda. Pero eso es la
vida, es el peaje que pagamos, el tributo a la hacienda cotidiana. Pero hoy no toca hablar de penurias ni
conflictos, por mucho que Trump haya aterrizado en los campos petrolíferos de Venezuela
y algunos estén más intranquilos que contentos. Allá ellos con sus problemas y
sus preocupaciones. Hoy me toca hablar de otros personajes. De don Leandro y de
don Federico, por ejemplo.
Don Leandro
me acompañó en los primeros meses de mis escritos. Tertuliano con la siempre
presente Mô, tuvo una presencia efímera.
Podríamos decir que murió de éxito. Su invitación al destierro vino
acompañada de la entrada de otro personaje que podríamos llamarlo “de consenso":
don Federico. Don Federico continuó con
las mismas tertulias semanales con Mô. Nada cambió salvo el nombre del
tertuliano. ¡Lo que son las cosas! ¡De defenestrado a estrella del relato!
Hoy día
sería imposible revivir aquellos momentos, aquella tertulia desenfadada,
constructiva. Los números -los caracteres- no dan para más. La polarización
tampoco ayuda. Pasaron los años y nunca más supe de don Leandro y de don
Federico. Mô -por otras agradables circunstancias- descansa en una vitrina de
casa. Don Leandro y don Federico aún no tienen rostro. Tal vez, algún día, la
vida me sorprenda y me los encuentre creados por la Inteligencia Artificial. Sería
otro agradable regalo de Reyes. Magos, por supuesto.
Don
Leandro, don Federico y Mô vendrían a representar a aquellos personajes
moderados que hicieron posible que muchos españoles nos entendiéramos y
quisiéramos entendernos; que viviéramos aquella “libertad sin ira” de Jarcha,
que tantos renuncios tiene actualmente.
PUBLICADO EL 8 DE ENERO DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA.