El fallecimiento la semana pasada
de Rita Barberá ha hecho correr ríos de tinta, litros de saliva y vaya uno a
saber los terabytes de memoria digital.
Ha desencadenado la siempre presente dualidad entre el amor y el
odio. Sus amigos y sus enemigos
comparten espacio con los indiferentes, con los leales y con los detractores. Y sobre todo con los que se pusieron a
ralentí y punto muerto.
Rita Barberá será sin duda un personaje histórico para Valencia, para el
PP y ahora ya, para la historia reciente de España. Para Valencia y para el PP, una gran referencia. Lo demuestran las muestras de cariño que se
han expresado en la ciudad en que gobernó durante casi un cuarto de siglo y en
algunas voces críticas de su partido.
Para el resto, será la demostración de un trabajo bien realizado, pero eso sí, con presuntos
métodos tal vez no ajustados a lo deseable.
A lo políticamente correcto, por no decirlo de otra manera.
El fin no tiene por qué
justificar los medios. Y menos en la cosa pública. Y mucho menos con el dinero de los
administrados. Rita Barberá se ha llevado su verdad a la tumba. El resto, ya serán otras verdades.
Su muerte nos ha enseñado también,
la falta de sensibilidad en ciertos personajes políticos. Simples representantes de los ciudadanos en
aquel edificio madrileño, en los que, o
bien la presunción de inocencia no está presente en su concepción de
democracia, o sencillamente que la necesidad de dar la nota es la única de sus
opciones para hacerse publicidad. Y más
aún cuando los escándalos de corrupción también pueden salpicar sus filas.
Soy del parecer de que si la
justicia la ha llamado a declarar es porque indicios debe de haber. Soy de los
que piensa que a la justicia le cuesta moverse y mucho, cuando el investigado
tiene cierto pedigrí político.
También soy de los que opina que
la justicia española podría mejorar.
Podría y debería mejorar y mucho,
como tantas otras cosas, pero claro,
quienes deben impulsar esta mejora están dentro de aquel edificio custodiado
por leones. Y ya se sabe, “ande yo
caliente y ríase la gente”.
Pero Rita y su caloret faller en pocos días pasó a la historia,
periodísticamente hablando. Fidel Castro
va, y se nos muere en la misma semana. La portada cambia de titular. Quien
también cambia es nuestra extrema
izquierda revolucionaria y populista, aquella misma que daba la nota con Rita
Barberá, se decanta ahora casi por canonizar a Castro. Suerte que en los altares mandan otros.
Si vivim coses veurem!
PUBLICADO EL 1 DE DICIEMBRE DE 2016, EN EL DIARIO MENORCA.