DECENCIA LINGÜÍSTICA

Aunque la memoria ya empieza a fallarme hay recuerdos que, aunque borrosos, perduran en mi mente.  Estos días, reseteando parte de mi cerebro, me han venido recuerdos  de mi infancia, sobre todo  de cuando mis abuelos paternos mantenían amistad con una familia barcelonesa.  No me acuerdo muy bien del origen de aquella amistad, aunque sí que de aquella familia, los tíos ya mayores  vivían en Mahón y eran sus sobrinos quienes los visitaban y pasaban ciertas temporadas en nuestra ciudad.  Era gente muy educada, servicial y religiosa.  Me acuerdo de las visitas, más que protocolarias, de sincera  amistad, que se intercambiaban regularmente.  

De aquellos tiempos me ha quedado una sensación –por defecto, como diríamos en términos informáticos- de identificar a la persona catalana con aquella tonalidad propia de su habla.  Para aquel niño que asistía a aquellos encuentros familiares, el catalán –no el idioma, sino el ciudadano-  trasmitía  tranquilidad, dulzura, educación…, y sólo con su –para nosotros- peculiar habla.

Te haces mayor y la vida va poniéndote en contacto con otros catalanes –compañeros de instituto, compañeros de aficiones- y te encuentras con personas que te transmiten –con sus hechos y también con su peculiar habla- la misma sensación percibida en tu infancia: tranquilidad, dulzura, educación…

También puede haber ocurrido  que en algún momento de tu vida –cincuenta y tantos años ya dan para algunas batallitas-,  que alguna oveja negra “made in catalonia” se te haya cruzado en tu camino y te haya intentado perjudicar.  Pero de ovejas negras, las hay por doquier.  Catalanas sí, pero también andaluzas, castellanas, mallorquinas… Y  si me apuran, incluso menorquinas. Pero eso es lo de menos.

Ahora,  escuchas los medios de comunicación y notas a faltar aquella peculiaridad en el habla catalán.  El habla de los entrevistados no transmite aquella dulzura, aquella tranquilidad.  Notas una agresividad, una altanería, una superioridad en el habla, que temes se ejecute en hechos.

Te das cuenta que el adoctrinamiento del que se reniega oficialmente, pero que se palpa en las sensaciones, usa esta nueva modalidad de tono en el habla.  Un tono al que le falta decencia, y le sobra prepotencia.  Y engaño sistemático. Y adoctrinamiento incisivo.


Si  después del 1-O ya me propuse no pisar tierra catalana por motivos de seguridad, ahora  añadiré el de la decencia lingüística y la vergüenza ajena, hechos éstos  que algunos pasajeros al parecer no respetan. Ni usan.

PUBLICADO EL 23 DE NOVIEMBRE DE 2017, EN EL DIARIO MENORCA.