NOMBRES PROPIOS

Muchos  años, muchos gobiernos, muchas omisiones y  muchísimos pactos y silencios, están tras el proceso de desconexión.  Cada chantaje tenía su cheque presupuestario y su bajada de pantalones con aumento de competencias. A su vez, la fábrica no paraba la producción independentista.  Sólo se reconocía un aplazamiento, previo pago. Una prostitución, etimológicamente hablando, claro.

Y se trunca en un momento dado.  Los intereses propios de Mas, de los Pujols y la madre superiora,  la crisis interna, el 3 %, la crisis económica, quien sabe.  O un compendio de todas.  O el personalismo.  O las mentiras que nadie ha desmentido.  Lo cierto es que la CUP, impulsora esta vez del proceso, se ha salido con la suya.  Al más puro estilo de los podemitas, los antisistema han aprovechado el sistema para su autodestrucción. 

Puigdemont  huye como una rata para no entrar en prisión.  O para no quedar como un traidor ante los antisistema.  O para resurgir de sus cenizas.  Sólo él lo sabe. O su trato con truco, no cumplido. 

Y los que se quedan pagan el pato y otros, hacen el ganso.  Y tanto me da. No me preocupa lo más mínimo lo que les pueda ocurrir.  Tampoco a ellos les preocuparía lo que a mí  me ocurriera.  Es más, pienso que todos saldrán beneficiados del embolado. Todos, menos los otros.

El proceso tiene nombres propios, sí. Y también intereses y sentimientos.  Los intereses los manejan la clase dirigente.  Los sentimientos, el pueblo llano, que con cacerola en mano, lo único a que llega es a quedarse sin batería y  sin  cucharón con qué repartir el potaje.

Y me preocupa la no testosterona de la que hace mención la presidenta balear siempre acompañada de otros.  Me preocupa  la comparsa, los interesados, vamos.  Suerte tenemos que, de momento, en Baleares nos falta sentimiento.  Y bien estamos. Ni lo uno ni lo otro.  Mientras no tengamos claro si somos menorquines, mahoneses o balears, tendremos la batalla ganada. O por lo menos, no la tendremos perdida.

Lo preocupante será cuando los iluminados quieran meternos en el sentimiento catalán.  Allí se habrá terminado nuestra independencia, nuestra personalidad, nuestra idiosincrasia.  Hace décadas que se nos intenta inculcar un sentimiento inexistente.  Y nuestra doble o triple insularidad, siempre  nos protege del contagio.  Nuestra insularidad, nos hace más nuestros, más nada, menos todo.

Mientras sigamos siendo impersonales, tendremos mayor personalidad.  Y más libres.


Por una vez, menos es más.  Y con acento propio.

PUBLICADO EL 9 DE NOVIEMBRE DE 2017, EN EL DIARIO MENORCA.