EUROPA SÍ. EUROPA NO

 

¡Qué tiempos aquellos del “ya somos europeos”! España entraba en el mundo moderno. Una democracia consolidada y económicamente fiable. Casi nada.

Tan modernos, consolidados y fiables que ya llevábamos casi una década pagando el IRPF y ya íbamos con el IVA. Más modernos y paganos, imposible. Y qué decir de cuando pasamos del “todo a cien” al “todo a un euro”. ¡Qué negocio para algunos!

Pero Europa tiene una curiosa propiedad, de la que nada nos dijeron en su momento. Según quién gobierne y según lo que convenga, puede ser al mismo tiempo la autoridad suprema, la excusa perfecta o el neofascismo edulcorado.

Cuando una norma interesa al Gobierno de turno, aunque perjudique a los españoles, es cuando “Europa nos obliga”. Pero cuando Europa decide algo que no gusta al político de turno, entonces Europa se ha vuelto conservadora, insolidaria o cualquier chorrada digna de Twitter.

El asunto del umbral electoral para las elecciones europea es un claro ejemplo. La decisión adoptada en el ámbito europeo perjudica a determinados partidos minoritarios de España, entonces la regla deja de parecer tan democrática, y sencillamente no se aplica.

Y qué decir de Ceuta. ¿Qué decir de las resoluciones del Parlamento Europeo sobre la invasión marroquí a Ceuta? ¿Y de las diferencias entre las políticas migratorias españolas y las instituciones europeas? O de lo que pueda decir sobre la nacionalización de las nietas de las viudas represaliadas de la Guerra de la Independencia de 1808. Ironía aparte. Ahí Europa ya no parece tan maravillosa.

Y es que la democracia europea funciona estupendamente mientras la mayoría europea vote como nosotros queremos. Cuando no lo hace, Europa ya no representa la voluntad democrática de sus ciudadanos.

Ser europeísta no consiste en considerar que Bruselas siempre tiene razón.  Pero cuestionar la legitimidad de Europa cada vez que la mayoría europea decide algo que no coincide con nuestras preferencias, tampoco.

Porque si Europa es maravillosa cuando paga, financia o respalda nuestras políticas, pero se convierte en una institución egoísta y de extrema derecha cuando contradice nuestros intereses, quizá tengamos un problema.

Lo difícil es aceptar que Europa también está formada por otros países, otros ciudadanos, otras sensibilidades y otras mayorías. Y que esas mayorías pueden tomar decisiones que nos parezcan equivocadas. Y eso, precisamente, es la democracia. Lo demás es otra cosa. Y quien dice Europa, dice España. Ya lo dijo un gran caballero, de nombre Paco y de largo linaje.

Y todavía habrá quien diga que los que no queremos Europa somos los demás.

PUBLICADO EL 24 DE SEPTIEMBRE DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA.

EL VOTO DEL ABUELO

 

En España, aunque suspendamos en comprensión lectora, somos más astutos que los chinos. Tan astutos que hemos perfeccionado una curiosa modalidad de voto.  Cuanto más lejos vives, más derechos tienes. Al menos tienes el derecho a que no te afecten las decisiones que tomes.  O que tomen otros.

Sánchez lo tiene claro. Un español puede irse a vivir a Australia durante cuarenta años, trabajar allí, pagar allí sus impuestos, tener allí su casa, sus hijos y sus nietos… y seguir votando si Sánchez sigue o no de presidente. Y de paso, qué impuestos deben pagar los españoles que trabajan y viven aquí.

Y hay más. Para Sánchez si el abuelo era español, el nieto también. Magnífico. La memoria histórica merece respeto. Pero ¿en qué momento dejamos de hablar de ciudadanía y empezamos a hablar de genealogía electoral? Porque una cosa es conservar la nacionalidad española y otra muy distinta es decidir sobre un país, estado, patria, nación o como quiera llamársela, en el que nunca se ha vivido. Y en el que posiblemente nunca se vivirá.

Lo mismo ocurre con el Sahara español. España administró aquel territorio hasta que llegó el emérito. Y nos fuimos antes que nos echaran.  Y por eso mismo tiene una responsabilidad histórica. Reconocer a los saharauis que puedan acreditar su vínculo con la administración española puede ser una cuestión perfectamente legítima, aunque no lo hicieran cuando pudieron hacerlo. Pero no deberíamos confundir reparación histórica con representación política. Muchos saharauis lucharon contra España por un Sahara independiente, no para que sus nietos puedan ahora convertirse en españoles medio siglo después. Y no solo eso, sino decidir a qué médico o a qué escuela pueden ir nuestros nietos.

No digo de quitar nacionalidades. Ni de perseguir emigrantes. Ni olvidar a los exiliados. Ni negar el derecho a regresar. Simplemente que las decisiones deberían tomarlas quienes puedan padecer las consecuencias de aquello que votamos. Vamos, que quien se mueve no sale en la foto.  Y añadiría, quienes sostienen el sistema con sus contribuciones, impuestos y demás.

El diplomático, el militar desplazado, el que se encuentra temporalmente en el extranjero por estudios o de turismo sigue residiendo en España, pero quien convierte a otro país en su hogar durante cuarenta años debería aceptar que su relación política con España ya no es exactamente la misma que la de quien vive aquí. Y si algún día regresa, vuelve a participar plenamente.

De lo contrario habrá más españoles fuera que dentro de España.  Y ya se sabe aquello de, “de fuera votarán que de casa nos echarán”.

PUBLICADO EL 17 DE SEPTIEMBRE DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA.

UNA MUERTE ANUNCIADA

 

El pasado mes de mayo publiqué en estas mismas páginas de Es Diari un artículo titulado “ADIÓS, CEUTA. ADIÓS, MELILLA”, y lo terminaba con las siguientes frases: “Esta vez Marruecos puede quedarse con Ceuta y Melilla con sólo cruzar la valla. ¿Quién osará detener tal avalancha?”. Dos meses después, a finales de julio, Marruecos cruzó la valla y nadie osó impedírselo. Nadie, nadie, nadie.

Fue un simulacro. Y, aun así, miles se quedaron. La excusa de que “si quieren ayuda, que la pidan” no le funcionó a Sánchez.  Esta vez, antes de que ocurriera la invasión marroquí, Ceuta le pidió ayuda y el amado líder no se la prestó.  El “vuelva usted mañana” de Larra sigue muy vivo en nuestro Gobierno.  Además, las maletas estaban ya embarcadas. No eran ni las cinco y él ya había comido. Pero el Falcon y La Mareta le esperaban.

Digo invasión y no crisis humanitaria porque no soy ni hipócrita ni embustero.  Ni me juego ningún cargo ni sueldo público. Todos saben que ha sido una invasión y que no será la última. ¿Qué harán la próxima vez cuando en vez de ochenta mil vengan trescientos mil? Y que, en vez de irse, se queden. ¿Nos iremos nosotros como ya hicimos en el Sahara? Pues seguramente, sí. Y con la colita entre las piernas. Y así estamos.

No me ha sorprendido que algunas ONGs días antes de la invasión dieran consejos de cómo actuar cuando ya hubieran entrado en suelo patrio.  Tampoco me sorprende el reparto por parte de ONGs de los llamados espray pimienta y de productos para fabricar cócteles molotov a los asaltantes. ¿Acaso nos tiene que sorprender? Y me indigna.

Y me indigna que con mis impuestos y el de muchos españoles se estén subvencionando a estas ONGs. Y me indigna que tengamos un Gobierno que -seré prudente- no mira por los intereses ni de España ni de los españoles. Y me indigna que manden a los militares desarmados.  Y me indigna que hubiera más policías en La Mareta que en la frontera con Marruecos. Y me indigna que nuestro amado líder nos mienta y todos sus ... lacayos -para ser suaves-. Y lo que más me indigna es que aún haya quienes le aplaudan.

Todo lo paga el Pegasus, ¡vaya por Dios! ¿Habrá vida después del Pegasus? Quien parece que tiene los días contados es otro.  Y no precisamente nuestro amador líder.  Los rumores ya se extienden de que Marruecos está descabezado.  Que quien manda allí ahora es una junta militar. Y el sucesor, pues más fanático que el original, según dicen.

Que no espere Ceuta -ni Melilla- que España ni los españoles las defiendan mientras Sánchez sea el líder. Resistir, resistir y resistir. Y si saben, recen y esperen un milagro.


PUBLICADO EL 10 DE SEPTIEMBRE DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA

FESTES DE Mô

 Hay cambios que se introducen poco a poco, casi sin que nadie repare en ellos. Se cambia una palabra, se modifica un nombre aquí, una denominación allá, y con el paso de los años lo que parecía una pequeña variación termina como si siempre hubiera sido así.

Durante generaciones, los mahoneses habíamos celebrado las fiestas de la Mare de Déu de Gràcia. Sin embargo, desde hace ya demasiados años se nos viene imponiendo la denominación Festes de Gràcia. Y lo llamativo es que esta sustitución coincidió casi a la vez con otros cambios: Mahón pasó a ser Maó, y el menorquín a ser absorbido por el catalán.

El procedimiento es sencillo.  Está en los primeros capítulos del manual del político infiltrado. No hace falta prohibir una palabra si conseguimos que deje de utilizarse.  Se introduce una nueva denominación en los documentos oficiales, en los carteles, en las instituciones, en los medios de comunicación y en los discursos públicos. Al principio conviven las dos formas. Después una empieza a ser considerada la correcta y la otra, poco a poco, queda relegada a los viejos del lugar.

Si podemos eliminar la tradición con una denominación más moderna, oficial o políticamente conveniente, ¿por qué detenernos en Mahón y en la Mare de Déu de Gràcia? ¿Por qué no llamar simplemente a nuestras fiestas Festes de Mô? Más corto. Más auténtico. Más nuestro.  Tal vez así ganaríamos en que la fiestas unirían y no dividirían. No se puede negar que Mô representa al conjunto de los mahoneses.  ¿O sí?

Y hay más. ¿Por qué no cambiamos la fecha de las fiestas?  Últimamente tenemos bastantes posibilidades de encontrarnos con unas fiestas pasadas por agua. Año sí, año también ha habido actividades que se han tenido que suspender.  O como mínimo trasladar de fecha o de espacio.  Y con el famoso cambio climático lejos de solucionarse, lo más probable es que determinadas situaciones meteorológicas, olas de calor y lluvias torrenciales, se hagan cada vez más frecuentes. Entonces, si realmente queremos unas fiestas que permitan disfrutar de la calle, de las plazas, de los caballos y de la participación de vecinos y visitantes, ¿por qué no estudiar la posibilidad de trasladarlas a una fecha más a finales de primavera o a principios del verano, cuando las probabilidades de disfrutar de un tiempo más estable sean mayores?

¿Por qué no recuperar, por ejemplo, la tradición de celebrarlas alrededor de Sant Joan, como se hacía en la antigüedad?  No sería, después de todo, ajeno a nuestra historia. Aunque ya me imagino celebrando las fiestas de Joan.

Y de la Mare de Déu de Gràcia ¡Molt bones festes!

PUBLICADO EL 3 DE SEPTIEMBRE DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA.