La sociedad
española está dividida. Bueno, no exactamente: a la sociedad española la
dividen. Que si ricos y pobres, que si derechas e izquierdas, que si los que
usan lo público y los que se lo montan en lo privado, que si propietarios
orgullosos y los eternos arrendatarios… vamos, lo típico en el manual al uso.
Antes todo
era mucho más sencillo: los ricos eran de derechas, tenían su chalecito con
piscina, mandaban a los niños a colegios privados con uniforme caro y, por
supuesto, se atendían en clínicas privadas con mármol en la sala de espera y
moqueta en las habitaciones. Y los pobres, pues eso: de izquierdas, en
arriendo, en lista de espera en la sanidad pública y orgullosos de que sus
hijos fueran a la escuela del barrio. Todo ordenadito, todo claro. Pero la
sociedad cambia. Y mucho que cambia.
Ahora
resulta que el rico puede ser rojo, azul, verde, morado o arcoíris. Los ricos
tienen intereses; los pobres, sentimientos -el romanticismo que no falte-. Y
por eso hoy podemos ver en primera clase del AVE, en colegios privados o en
sanidad de pago tanto a supuestos progres de carné como a conservadores de toda
la vida. ¡La diversidad al poder, faltaría más! Y en clase turista, también.
Más bien pobres, claro.
Lo curioso
es que todavía tenemos que aguantar a cierta izquierda –y a su versión extrema,
tanto delantera como trasera– con el discurso de que lo privado es el mismísimo
demonio neoliberal. Pero llega el momento de escolarizar a sus propios retoños
y, de repente, lo privado deja de ser tan infernal. Eso sí, con una excusa de
manual: la culpa es de la “presión social”. Claro, hombre. Y yo como langosta
porque soy alérgico al pollo. ¡Y un carajo!
Lo del
chalecito ya fue memorable al tener que convocar un cónclave asambleario de los
Círculos para decidir si el líder podía comprarse o no la casita con jardín.
¡Qué democracia interna más emocionante! Imagínense que los “círculos” hubieran
dicho que no… Habría sido para partirse de risa, o de llanto, según quien.
Y no es
cuestión de dar nombres, que todos conocemos la lista. Políticos de izquierda
que en público defienden lo común con la mano en el corazón, y en privado
llaman al pediatra de pago o mandan a los niños a un internado británico. Eso
cuando no terminan “enchufados” en alguna empresa amiga, que todo hay que
decirlo. Pero, no pasa nada. Total, siempre hay un buen argumento a mano. El
clásico: “Como la sanidad y educación públicas están tan mal en el Madrid de
Ayuso, mejor no molestamos y pagamos la privada para dejar hueco a los más
necesitados”.
¡Qué sacrificados! Puro filantropismo hispano.
PUBLICADO EL 29 DE OCTUBRE DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA.