Cada vez
que oigo la palabra reemplazo no puedo evitar que se me active el modo
nostalgia castrense y me venga a la cabeza el 5º del 80. Para quienes no
hicieron —ni harán— la mili: era el quinto llamamiento de 1980, aunque, cosas
de la burocracia patria, uno se incorporaba en julio de 1981. Cosas de otro
tiempo, cuando el color era caqui o verde “nato” y todos éramos más iguales.
Pero claro,
Irene, la amadísima lideresa, por aquellos años ni estaba ni se la esperaba.
Difícil que tenga recuerdos entrañables sobre reemplazos militares, sobre todo
si el color caqui le provoca urticaria ideológica. Para ella, reemplazo
significa otra cosa: “sustitución”. Y demos gracias de no estar en tiempos de Paquito
Largo, caballero para más señas, porque alguno ya habría afinado el verbo hasta
convertirlo en algo bastante menos metafórico.
Lo curioso
es que nadie se haya querellado. O al menos los medios no lo han considerado
digno de portada. Tampoco el Ministerio Fiscal ha debido de ver materia
inflamable. Y eso que el verano pasado, por bastante menos, VOX fue denunciado
por Podemos y por la Delegación del Gobierno por presunto delito de odio. El
pecado: unas vallas con dos mujeres —una con el rostro cubierto y otra
descubierta— y el eslogan “¿Qué España quieres? Nosotros lo tenemos claro”.
Terrible, al parecer. Ahora bien, ¿hablar alegremente de “reemplazar” a una
parte significativa de la población no merece ni una ceja arqueada? Será que José Luis, Zapatero para más señas,
tiene otras preocupaciones más inherentes a su cargo de favorecedor de
dictaduras que arquear las cejas por ello.
Según Pablo
Echenique, “la teoría del gran reemplazo, además de nazi, es una gilipollez”.
Una gilipollez que, ironías del destino, salió de la boca de su amadísima
lideresa, aunque esta vez, eso sí, era un recurso retórico. Como cuando se
habló de “confiscar y hundir” el barco de “negreros”. Aquello no era retórico.
Era entusiasmo.
Y al final,
lo verdaderamente retórico ha sido el discurso. Porque el reemplazo sí se ha
producido y ha sido en Aragón, donde Podemos ha sido reemplazado… de las
instituciones. Y, del fervor popular. Se acabó la fiesta, dirán algunos. Y es
que hasta las ardillas —metafóricas, por supuesto— les triplicaron en votos.
Técnicamente no ha sido un reemplazo directo, tal vez un marrón o “marrona” que
dejó a más de uno ligeramente anestesiado. O quizá el electorado decidió
aplicar el término en su acepción más simple: sustituir.
Eso sí,
todo sin odio. Y, para más tranquilidad, sin necesidad de que vinieran personas
migrantes a ejecutar el relevo. Al menos de momento.
PUBLICADO EL 19 DE FEBRERO DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA.