NO SOMOS NADA

Cada vez estoy más convencido de que si el marido de Begoña dura mucho más tiempo al timón de la nave, España en poco tiempo dejará de existir.  Tampoco voy a ser catastrofista.  No es que explosione por una lluvia de meteoritos ni que nos invadan los extraterrestres.  Sencillamente, que España como tal dejará de ser un conglomerado de tierras y gente.  Eso sí, seguiremos con la misma tierra y gente -o más, incluso-, pero dispersa.  Con otro nombre y apellidos y número de serie. Unos por arriba, otros por en medio, otros por un lado y el resto, por el otro. Vamos, una disgregación urbanística en toda regla.

De producirse, habrá quienes intentarán su aventura por solitario, algunos intentarán ligarse al nuevo proyecto con ciertas prebendas, y otros, como el caso de Menorca, sencillamente seremos fagocitados por otros.  Y no seremos los únicos quienes padezcamos las consecuencias negativas de esta política de desmembramiento impulsadas por el partido sanchista.  Albacete, Ceuta, Melilla, León, Navarra, Canarias… padecerán también sus políticas y consecuencias.  Y nosotros, también.

Y sin duda, las primeras serán Ceuta y Melilla.  Zapatero ya mandó en su día a una exministra suya por Larache pregonando que Ceuta y Melilla “son vestigios del pasado que interfieren en la independencia económica y política de Marruecos y en las buenas relaciones entre los dos países” y añadió además que suponen una “afrenta" para la "integridad territorial" de Marruecos.  Y posiblemente tenga razón con los postulados de hoy en día.  Pero Ceuta y Melilla eran españolas mucho antes que Marruecos existiera.  Esa y no otra es la diferencia entre la manipulación y la verdad. Pero ¿qué son unos pocos kilómetros cuadrados en beneficio de la buena vecindad? Y otras cosas, claro.

¿Qué pasará con Menorca? ¿Qué recursos tiene Menorca para viajar en solitario? ¿Nos sentimos pueblo balear? Ni lo uno ni lo otro.  Pero el problema de fondo no es Baleares, no.  El problema se llama Cataluña y sus ansias imperialistas.  Y más que ellos, la quinta columna interna. Nuestra propia quinta columna: la balear y la menorquina. Que de haberlas haylas.

Y efectivamente no somos nada.  No tenemos industria porque en su momento invertimos todo en el turismo y dejamos de ser competitivos en otros mercados.  Queremos campo, pero sin vacas.  Queremos mar, pero sin barcas.  Queremos sol, pero sin placas.  Queremos viento, pero sin molinos.  Y por no tener, ni tenemos reconocida nuestra propia identidad lingüística.   Vamos que, aun teniendo gratis la riqueza del menorquín, compramos caro un sucedáneo del lemosín.

PUBLICADO EL 8 DE OCTUBRE DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA.

COMPRENSIÓN LECTORA

La noticia duró unos pocos días, pero fue suficiente. Los jóvenes españoles habían perdido veintitantos puntos en comprensión lectora. Matemáticas y Ciencias, también acusaban un descenso. Uno ya no sabe si la nueva generación es más lerda que las anteriores o simplemente el causante de todo ello es el sistema. O del ático de Ayuso, por supuesto.

Coincidió con la invasión marroquí de Ceuta. Ahora todo coincide con Ceuta. Llega el reportero y hace la pregunta que todos se esperan.  ¿Hay colapso en la Sanidad de Ceuta? La respuesta no se hace esperar. No es una respuesta afirmativa. Tampoco es negativa. Mucho menos ambigua. La contestación es de argumentario, que dirán ahora.

La culpa, por si no lo sabían, era de Ayuso. Con las privatizaciones de la Sanidad madrileña, con los chanchullos de las listas de espera, y ya no digamos del ático comprado por la Comunidad. Y nada dicen de la foto de Feijóo con Dorado. Ni del famoso espray defensivo. De momento…

Rebobino por si mi comprensión auditiva me ha hecho una mala jugada, pero no.  El presentador del espacio televisivo también hace una mueca de sorpresa. No era la primera vez durante aquel programa que un miembro -o miembra- del Gobierno sanchista da respuesta del ático en una cuestión sobre Ceuta.

Y me preocupo. Me preocupo porque observo que mis gobernantes posiblemente tengan un déficit de comprensión oral.  Incluso me atrevería a asegurar que también lectora. ¿No será que los informes que se mandaron desde los Servicios de Inteligencia fueron mal comprendidos? ¿Será verdad que no se leyeron porque no iban en sobre lacrado?

Al final, va a resultar que los veintitantos puntos perdidos en comprensión lectora no son un drama del sistema educativo, sino un estricto manual de oposiciones para la función pública de lacayo superior. Porque seamos honestos: ¿para qué demonios queremos ciudadanos capaces de analizar textos complejos si lo verdaderamente moderno es gobernar a base de sobresaltos argumentarios, consignas de telediario y echarle la culpa de la invasión a la Comunidad de Madrid?

Así que no se alarmen por el informe PISA. Al contrario, aplaudamos la eficiencia de nuestros dirigentes. Han conseguido que el fracaso escolar no sea un lastre, sino la piedra angular de la sociedad moderna. Total, para gobernar un país de lerdos —según las estadísticas oficiales—, lo mejor es empezar por disimular que uno tampoco entiende lo que lee. O lo que le dicen.

¿Será una educación subjetiva, como diría el ministro Marlaska? ¿Será un requisito indispensable para perpetuarse en el Consejo de ministros, ministras y ministres?

PUBLICADO EL 1 DE OCTUBRE DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA. 

EUROPA SÍ. EUROPA NO

 

¡Qué tiempos aquellos del “ya somos europeos”! España entraba en el mundo moderno. Una democracia consolidada y económicamente fiable. Casi nada.

Tan modernos, consolidados y fiables que ya llevábamos casi una década pagando el IRPF y ya íbamos con el IVA. Más modernos y paganos, imposible. Y qué decir de cuando pasamos del “todo a cien” al “todo a un euro”. ¡Qué negocio para algunos!

Pero Europa tiene una curiosa propiedad, de la que nada nos dijeron en su momento. Según quién gobierne y según lo que convenga, puede ser al mismo tiempo la autoridad suprema, la excusa perfecta o el neofascismo edulcorado.

Cuando una norma interesa al Gobierno de turno, aunque perjudique a los españoles, es cuando “Europa nos obliga”. Pero cuando Europa decide algo que no gusta al político de turno, entonces Europa se ha vuelto conservadora, insolidaria o cualquier chorrada digna de Twitter.

El asunto del umbral electoral para las elecciones europea es un claro ejemplo. La decisión adoptada en el ámbito europeo perjudica a determinados partidos minoritarios de España, entonces la regla deja de parecer tan democrática, y sencillamente no se aplica.

Y qué decir de Ceuta. ¿Qué decir de las resoluciones del Parlamento Europeo sobre la invasión marroquí a Ceuta? ¿Y de las diferencias entre las políticas migratorias españolas y las instituciones europeas? O de lo que pueda decir sobre la nacionalización de las nietas de las viudas represaliadas de la Guerra de la Independencia de 1808. Ironía aparte. Ahí Europa ya no parece tan maravillosa.

Y es que la democracia europea funciona estupendamente mientras la mayoría europea vote como nosotros queremos. Cuando no lo hace, Europa ya no representa la voluntad democrática de sus ciudadanos.

Ser europeísta no consiste en considerar que Bruselas siempre tiene razón.  Pero cuestionar la legitimidad de Europa cada vez que la mayoría europea decide algo que no coincide con nuestras preferencias, tampoco.

Porque si Europa es maravillosa cuando paga, financia o respalda nuestras políticas, pero se convierte en una institución egoísta y de extrema derecha cuando contradice nuestros intereses, quizá tengamos un problema.

Lo difícil es aceptar que Europa también está formada por otros países, otros ciudadanos, otras sensibilidades y otras mayorías. Y que esas mayorías pueden tomar decisiones que nos parezcan equivocadas. Y eso, precisamente, es la democracia. Lo demás es otra cosa. Y quien dice Europa, dice España. Ya lo dijo un gran caballero, de nombre Paco y de largo linaje.

Y todavía habrá quien diga que los que no queremos Europa somos los demás.

PUBLICADO EL 24 DE SEPTIEMBRE DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA.

EL VOTO DEL ABUELO

 

En España, aunque suspendamos en comprensión lectora, somos más astutos que los chinos. Tan astutos que hemos perfeccionado una curiosa modalidad de voto.  Cuanto más lejos vives, más derechos tienes. Al menos tienes el derecho a que no te afecten las decisiones que tomes.  O que tomen otros.

Sánchez lo tiene claro. Un español puede irse a vivir a Australia durante cuarenta años, trabajar allí, pagar allí sus impuestos, tener allí su casa, sus hijos y sus nietos… y seguir votando si Sánchez sigue o no de presidente. Y de paso, qué impuestos deben pagar los españoles que trabajan y viven aquí.

Y hay más. Para Sánchez si el abuelo era español, el nieto también. Magnífico. La memoria histórica merece respeto. Pero ¿en qué momento dejamos de hablar de ciudadanía y empezamos a hablar de genealogía electoral? Porque una cosa es conservar la nacionalidad española y otra muy distinta es decidir sobre un país, estado, patria, nación o como quiera llamársela, en el que nunca se ha vivido. Y en el que posiblemente nunca se vivirá.

Lo mismo ocurre con el Sahara español. España administró aquel territorio hasta que llegó el emérito. Y nos fuimos antes que nos echaran.  Y por eso mismo tiene una responsabilidad histórica. Reconocer a los saharauis que puedan acreditar su vínculo con la administración española puede ser una cuestión perfectamente legítima, aunque no lo hicieran cuando pudieron hacerlo. Pero no deberíamos confundir reparación histórica con representación política. Muchos saharauis lucharon contra España por un Sahara independiente, no para que sus nietos puedan ahora convertirse en españoles medio siglo después. Y no solo eso, sino decidir a qué médico o a qué escuela pueden ir nuestros nietos.

No digo de quitar nacionalidades. Ni de perseguir emigrantes. Ni olvidar a los exiliados. Ni negar el derecho a regresar. Simplemente que las decisiones deberían tomarlas quienes puedan padecer las consecuencias de aquello que votamos. Vamos, que quien se mueve no sale en la foto.  Y añadiría, quienes sostienen el sistema con sus contribuciones, impuestos y demás.

El diplomático, el militar desplazado, el que se encuentra temporalmente en el extranjero por estudios o de turismo sigue residiendo en España, pero quien convierte a otro país en su hogar durante cuarenta años debería aceptar que su relación política con España ya no es exactamente la misma que la de quien vive aquí. Y si algún día regresa, vuelve a participar plenamente.

De lo contrario habrá más españoles fuera que dentro de España.  Y ya se sabe aquello de, “de fuera votarán que de casa nos echarán”.

PUBLICADO EL 17 DE SEPTIEMBRE DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA.

UNA MUERTE ANUNCIADA

 

El pasado mes de mayo publiqué en estas mismas páginas de Es Diari un artículo titulado “ADIÓS, CEUTA. ADIÓS, MELILLA”, y lo terminaba con las siguientes frases: “Esta vez Marruecos puede quedarse con Ceuta y Melilla con sólo cruzar la valla. ¿Quién osará detener tal avalancha?”. Dos meses después, a finales de julio, Marruecos cruzó la valla y nadie osó impedírselo. Nadie, nadie, nadie.

Fue un simulacro. Y, aun así, miles se quedaron. La excusa de que “si quieren ayuda, que la pidan” no le funcionó a Sánchez.  Esta vez, antes de que ocurriera la invasión marroquí, Ceuta le pidió ayuda y el amado líder no se la prestó.  El “vuelva usted mañana” de Larra sigue muy vivo en nuestro Gobierno.  Además, las maletas estaban ya embarcadas. No eran ni las cinco y él ya había comido. Pero el Falcon y La Mareta le esperaban.

Digo invasión y no crisis humanitaria porque no soy ni hipócrita ni embustero.  Ni me juego ningún cargo ni sueldo público. Todos saben que ha sido una invasión y que no será la última. ¿Qué harán la próxima vez cuando en vez de ochenta mil vengan trescientos mil? Y que, en vez de irse, se queden. ¿Nos iremos nosotros como ya hicimos en el Sahara? Pues seguramente, sí. Y con la colita entre las piernas. Y así estamos.

No me ha sorprendido que algunas ONGs días antes de la invasión dieran consejos de cómo actuar cuando ya hubieran entrado en suelo patrio.  Tampoco me sorprende el reparto por parte de ONGs de los llamados espray pimienta y de productos para fabricar cócteles molotov a los asaltantes. ¿Acaso nos tiene que sorprender? Y me indigna.

Y me indigna que con mis impuestos y el de muchos españoles se estén subvencionando a estas ONGs. Y me indigna que tengamos un Gobierno que -seré prudente- no mira por los intereses ni de España ni de los españoles. Y me indigna que manden a los militares desarmados.  Y me indigna que hubiera más policías en La Mareta que en la frontera con Marruecos. Y me indigna que nuestro amado líder nos mienta y todos sus ... lacayos -para ser suaves-. Y lo que más me indigna es que aún haya quienes le aplaudan.

Todo lo paga el Pegasus, ¡vaya por Dios! ¿Habrá vida después del Pegasus? Quien parece que tiene los días contados es otro.  Y no precisamente nuestro amador líder.  Los rumores ya se extienden de que Marruecos está descabezado.  Que quien manda allí ahora es una junta militar. Y el sucesor, pues más fanático que el original, según dicen.

Que no espere Ceuta -ni Melilla- que España ni los españoles las defiendan mientras Sánchez sea el líder. Resistir, resistir y resistir. Y si saben, recen y esperen un milagro.


PUBLICADO EL 10 DE SEPTIEMBRE DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA

FESTES DE Mô

 Hay cambios que se introducen poco a poco, casi sin que nadie repare en ellos. Se cambia una palabra, se modifica un nombre aquí, una denominación allá, y con el paso de los años lo que parecía una pequeña variación termina como si siempre hubiera sido así.

Durante generaciones, los mahoneses habíamos celebrado las fiestas de la Mare de Déu de Gràcia. Sin embargo, desde hace ya demasiados años se nos viene imponiendo la denominación Festes de Gràcia. Y lo llamativo es que esta sustitución coincidió casi a la vez con otros cambios: Mahón pasó a ser Maó, y el menorquín a ser absorbido por el catalán.

El procedimiento es sencillo.  Está en los primeros capítulos del manual del político infiltrado. No hace falta prohibir una palabra si conseguimos que deje de utilizarse.  Se introduce una nueva denominación en los documentos oficiales, en los carteles, en las instituciones, en los medios de comunicación y en los discursos públicos. Al principio conviven las dos formas. Después una empieza a ser considerada la correcta y la otra, poco a poco, queda relegada a los viejos del lugar.

Si podemos eliminar la tradición con una denominación más moderna, oficial o políticamente conveniente, ¿por qué detenernos en Mahón y en la Mare de Déu de Gràcia? ¿Por qué no llamar simplemente a nuestras fiestas Festes de Mô? Más corto. Más auténtico. Más nuestro.  Tal vez así ganaríamos en que la fiestas unirían y no dividirían. No se puede negar que Mô representa al conjunto de los mahoneses.  ¿O sí?

Y hay más. ¿Por qué no cambiamos la fecha de las fiestas?  Últimamente tenemos bastantes posibilidades de encontrarnos con unas fiestas pasadas por agua. Año sí, año también ha habido actividades que se han tenido que suspender.  O como mínimo trasladar de fecha o de espacio.  Y con el famoso cambio climático lejos de solucionarse, lo más probable es que determinadas situaciones meteorológicas, olas de calor y lluvias torrenciales, se hagan cada vez más frecuentes. Entonces, si realmente queremos unas fiestas que permitan disfrutar de la calle, de las plazas, de los caballos y de la participación de vecinos y visitantes, ¿por qué no estudiar la posibilidad de trasladarlas a una fecha más a finales de primavera o a principios del verano, cuando las probabilidades de disfrutar de un tiempo más estable sean mayores?

¿Por qué no recuperar, por ejemplo, la tradición de celebrarlas alrededor de Sant Joan, como se hacía en la antigüedad?  No sería, después de todo, ajeno a nuestra historia. Aunque ya me imagino celebrando las fiestas de Joan.

Y de la Mare de Déu de Gràcia ¡Molt bones festes!

PUBLICADO EL 3 DE SEPTIEMBRE DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA.

MENORQUÍN, SÍ, GRACIAS

 

Hay debates que en Menorca parecen imposibles de mantener sin que inmediatamente aparezca la política. El de la lengua es uno ellos.

En Menorca hablamos menorquín.  También hablamos menorquín. Lo hablamos en nuestras casas, en el trabajo, en nuestras relaciones cotidianas. Lo hemos recibido y aprendido de generaciones anteriores. Es una manera menorquina de hablar que no apareció ayer ni fue inventada por ningún partido político.

Desde el punto de vista filológico, nadie duda que el menorquín pertenece al ámbito lingüístico catalán. El problema empieza cuando ese reconocimiento se convierte en una excusa para considerar que la única forma legítima, culta o válida de expresarnos es el catalán estándar. Una cosa es proteger una lengua y otra muy diferente es estandarizarla hasta hacer desaparecer sus particularidades.

El menorquín no necesita ser convertido en otra cosa para ser protegido. Necesita precisamente que se proteja aquello que lo hace menorquín.

Durante décadas hemos asistido al proceso en el que las formas propias de Menorca han ido quedando relegadas. Determinadas palaPUbras pasan a considerarse incorrectas; determinadas construcciones dejan de utilizarse en los ámbitos formales; determinadas expresiones se conservan únicamente en la conversación familiar o como una especie de pieza de museo. Si no se actúa, las nuevas generaciones terminarán utilizando cada vez menos aquello que sus padres y abuelos utilizaban con naturalidad. Y aquí está la trampa.

Una modalidad lingüística no sobrevive porque una institución diga que la protege. Sobrevive cuando sus hablantes pueden utilizarla con normalidad y sin sentir que están hablando incorrectamente.

El problema de fondo es que la lengua ha dejado de ser únicamente una cuestión lingüística. Para determinados sectores el idioma forma parte de un proyecto llamado Países Catalanes. Y cuando una concepción política necesita que realidades diferentes encajen dentro de una misma construcción cultural, las variedades lingüísticas pueden acabar desempeñando un papel político que va mucho más allá de la filología.

La propia legislación autonómica reconoce que las modalidades insulares deben ser objeto de estudio y protección. Por tanto, reivindicar una protección específica del menorquín no es una extravagancia ni una guerra contra la filología. Es, simplemente, tomarse en serio la diversidad lingüística que existe dentro de Baleares.

Se ha tardado, han pasado demasiados años, pero por suerte, al fin Menorca tiene un conseller de cultura que piensa en menorquín. Gracias Joan Pons Torres.  Ánimo y sigue así. No cambies.

PUBLICADO EL 27 DE AGOSTO DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA.