TRES ESTRELLAS EN EL FIRMAMENTO.


El mes de noviembre va ligado al recuerdo de nuestros familiares difuntos. Un recuerdo público, más bien, porque en el ámbito privado debería ir ligado al quehacer diario. Y ante la desaparición de este ser, nuestros mecanismos de defensa esgrimen una serie de estratagemas a fin de hacernos más llevadera su ausencia. Las habrá, como no, de sentido religioso, filosófico o incluso de complicidad. Al fin y al cabo, lo que se trata es compaginar, conllevar, la vida que continúa con el recuerdo, las experiencias vividas, y sacar a la luz todo aquello de positivo que aquel ser tan especial nos hizo vivir.

En el mundo adulto la resignación ante un hecho inevitable, y que nos iguala en justicia a toda criatura viviente, es y debe ser asumida desde el mismo momento del nacimiento. No es el fin, sino otro inicio. O al menos, esto deseamos. Al menos, esto esperamos.

Pero hoy no quiero recurrir a este mundo adulto. Tiempo habrá para ello. En todas las familias nos encontramos con estos pequeños mocosos que se encuentran en la fase de investigación. Preguntan y preguntan sin saciar las ganas de conocimiento. ¿Cómo explicarles el fallecimiento de un familiar a un crío de tres, cuatro, cinco años? ¿Cómo decirles que su abuelo, su padre, su amiguito, se ha muerto y que nunca más lo volverán a ver?.

No quieres recurrir a aquella “maleta de la muerte” de la que se habla en las escuelas infantiles. Te niegas a equipar el proceso de una flor, que crece, se reproduce y se muere. Quieres, necesitas, una esperanza, una continuidad.

También es verdad que en la infancia hay varias etapas. Una primera, en la que el niño vive inmerso en un pensamiento mágico que lo preserva de toda emoción negativa y no es capaz de comprender el alcance de tal hecho. Pasará posteriormente a una segunda etapa en la que entiende la desaparición de este ser como una ausencia temporal. Empieza pues a preocuparle, pero no llega a afectarle. Llegan momentos de preguntas sobre la virtualidad con la que la hemos ido adornando. Y por último, llega a la madurez cognitiva alrededor de los siete años, donde el hasta ahora concepto abstracto, pasará a configurarse como un algo concreto.

A la vez que pretendemos salvaguardar a estos pequeños mocosos del conocimiento de la tragedia, inconscientemente tal vez, estamos buscando alivio, respuestas, convencimiento hacia que todo aquello tan lejano un día, se ha hecho presente y futuro.

Aquel recurso y referencia al Cielo, se acrecienta a la vez que se duda. Nuestro poder deductivo reduce al absurdo tal afirmación y acompaña las dudas de los más pequeños. ¿En que parte del Cielo? Es el momento de buscar estrellas de referencia, de objetos luminosos. Más adelante, empezarán preguntas más estudiadas, más vivarachas, ¿Y cómo llegó al Cielo? ¿Bajaron los Ángeles a buscarlo?. ¿Por qué llevamos flores al cementerio si se encuentra en el Cielo?

Es hora de ser más consecuente. Nunca has mentido a tus hijos y no será ahora que te pillen en una mentira. Pero tampoco quieres ser tan tajante, tan brusco como la vida misma. Tu nobleza te ayuda a encontrar una respuesta que hasta ahora no habías necesitado. Aparece en escena la dualidad de cuerpo-alma. Empiezas a creer en la posibilidad de la existencia del “alma”. El cuerpo se encuentra en el cementerio, sí, pero el “alma” permanece inalterable. Y la explicación se te presenta fácil. Juegas con las fotografías. Incluso las de los propios interesados. Te remontas a la primera infancia y vas recorriendo meses y los pocos años aún.

El cuerpo va cambiando, pero el ser, es el mismo. El ser, aquel conjunto de sentimientos, experiencias, carácter y demás, es el “alma”. Es el “alma” que perdura, el “alma” que tras la muerte se hospeda en nuestros recuerdos, el gen que se trasmite generación tras generación, y sobre todo, en un lugar brillante del firmamento.

Y les mientes, sí. Y te mientes a ti mismo. Al mismo tiempo, empiezas a convencerte. ¿Por qué no puede haber “vida” en otra dimensión? Das libertad a tus pensamientos y a tus experiencias. Empiezan a aparecer dudas razonables a toda negatividad. Pretendes alejar todo conocimiento religioso, filosófico y demás, y centrarte en lo científico, en lo “captado”. Empiezas un camino, tu camino, que difícilmente podrás explicarle a estos todavía “mocosos”. Para ellos, la respuesta –de momento - ya le es válida.

En mi caso, en el caso de mis “mocosos”, aquellos lugares brillantes en el firmamento son tres estrellas que forman parte del cinturón de Orión, llamadas Mintaka, Alnilam y Alnitak.

Mi otra verdad, está aún fabricándose.
PUBLICADO en el número del mes de NOVIEMBRE de 2009 en EL BULLETÍ DEL CENTRE DE PERSONAS MAJORS. Area de Acció Social. Consell Insular de Menorca