Si la semana pasada hablaba del perdón de nuestras deudas, esta toca, como quien no quiere la cosa, lo de no caer en la tentación. No pequé. Bueno… técnicamente no. Pero quien firma esto cayó con todo el equipo. Era inevitable. Tenía fecha de caducidad, como los yogures olvidados al fondo de la nevera. Y cuanto antes pase, antes dejas de sufrir. Esa excusa nunca falla.
Fue algo
compulsivo. Irrefrenable. Como cuando ves un enlace sospechoso y piensas “¿qué
podría salir mal?” Pero no, esta vez no hubo correo con troyano ni mensaje del
príncipe nigeriano ni una viuda lejana. Tampoco propaganda institucional
colándose por la tele, ni sermón vía TikTok del amado líder. Aunque todo se
andará. ¿Esperamos a que pasen las elecciones andaluzas para el bombardeo? No
hay prisa… total, ya sabemos cómo acaba la película.
El caso es
que la tentación apareció, sugerente, traicionera. Y el diablillo me susurró:
“¿Y si este año te devuelven?”. Iluso de mí. ¿Devolver? ¿En esta economía populista?
¿Con este Gobierno que gasta como si no hubiera un mañana ni un presupuesto?
Porque gastar, se gasta. A espuertas. A espuertas llenas. Se reparte, se regala
y siempre hay margen para algún pisito discreto, algún viajecito exótico, un
plus ultra o algún “etcétera” que mejor no detallar. Todo llegará. Y todo ello,
recordemos, sin presupuestos. Que, si los hubiera, directamente apaga y
vámonos.
Total, que
este pobre jubilado ha sido condenado otra vez. Reincidente, además. Aquí no
hay indulto, ni amnistía, ni rebajita por buen comportamiento ni por acuerdo.
Entras al borrador del IRPF y zas: sentencia firme. Positiva, dicen. Positiva
para ellos, claro. Ni Constitucional ni Tribunal de Derechos Humanos: esos
juegan en otra liga, no en la de los mortales contribuyentes. La única clemencia
es que puedes pagar en dos plazos. Qué detalle. En el primero te vuelan la paga
extra, y en el segundo te hacen un recorte navideño que ni el Grinch. Pero
bueno, algo bueno debía de tener vivir en un país de tradición católica: al
menos el calendario ayuda a repartir el sablazo.
Ya lo dice
la canción: “Con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero, y mi palabra
es la ley”. Pues eso. Su palabra es la ley. Ya nos avisó: gobernaría “con o sin
concurso del poder legislativo”. Y cumplir, cumple. ¡Olé tus huevos! Coherencia,
ante todo. Si algo hay que reconocer, se reconoce.
Y llegas al
final del escrito como quien llega al final de la oración, con esa sensación de
resignación bien aprendida. Y sin poder evitarlo, se te escapa la última frase:
Y líbranos
del mal… aunque sea tras unas elecciones anticipadas.
PUBLICADO EL 16 DE ABRIL DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA.