Quien
reniegue de la casta, miente. Y quien se
los crea, peor aún. ¿Se acuerdan de
aquella “flotilla” de barcas, yates y barquitos navegando varias semanas por
las tranquilas aguas del Mediterráneo rumbo a Israel (Palestina, dirán otros)?
¿Se acuerdan de todo el paripé y de tanta propaganda mediática e institucional?
Pues aquellos fueron los hermanos pobres de la casta. Vamos, los de segunda
división.
Los de
primera no van en barquitos ni se alimentan de latas en conserva. Van en avión, duermen en hoteles de cinco
estrellas y se duchan con agua caliente.
Y lo mejor es que la excursión de éstos no nos ha costado dinero alguno
al contribuyente. Que ya es mucho.
Por una vez
voy a ser benevolente y no voy a hacer crítica alguna. Son días de hermandad,
de tradición y de fe compartida. De
encuentro y comunidad. De silencio interior. Y eso que me sería fácil denunciar
la hipocresía de la que hicieron gala las pocas imágenes que han trascendido a
los medios de comunicación. Vergonzantes imágenes.
Si quisiera
ser beligerante bastaría con comentar el hecho de que mientras los “invitados”
del régimen cubano se hospedaban en uno de los mejores hoteles de La Habana,
con luz y agua caliente, el Gran Hotel Bristol Habana Vieja de cinco estrellas,
sus vecinos de las calles colindantes permanecían a oscuras y sin agua caliente. Esa es la realidad de Cuba y no otra.
Podría ser
más incisivo si quisiera y mencionar el “safari” que hizo la expedición por las
calles de La Habana, donde la delegación vip de la “internacional comunista” se
dedicó a plasmar en sus dispositivos las imágenes tristes y vergonzantes de
aquellos ciudadanos desprotegidos que habitan en sus calles. Instantáneas de la
perpetuidad, podrían añadir en sus relatos. Pero no lo haré. Son días de silencio y encuentro.
El relato,
es otro. Para Pablo Iglesias “la
situación que se vive en Cuba es ciertamente difícil, pero tampoco como se está
presentando desde fuera”. Frase fiel a la tendencia a relativizar el
sufrimiento cuando el poder que lo administra conserva un pedigrí ideológico parecido
al de uno. Vamos, que los exiliados son unos exagerados. Y los que viven allí, pues ya no digamos.
Al final va
a resultar que el problema de Cuba no es Cuba, sino cómo se cuenta Cuba. Y, sin embargo, persiste una pequeña duda, una
insignificancia. ¿Por qué será que quien logra salir de un país comunista rara
vez siente la tentación de regresar a vivir a él?
Quizá la
próxima flotilla zarpe rumbo a Irán, Corea del Norte o cualquier otro paraíso
antiimperialista con servicio de habitaciones.
Son días de fe y de
esperanza.
PUBLICADO EL 2 DE ABRIL DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA.