QUIMERA EN EL RIF

 

Escribo estas líneas desde Alhucemas. Disfruto de unas jornadas de asueto gracias al patrocinio del Imserso.  Es agosto de 2040. Aún no he llegado a los ochenta y Es Diari sigue permitiéndome ocupar un espacio semanal. Sánchez hace años que ya pasó a mejor vida. Ahora es miembro asesor permanente del Consejo Europeo. Su mujer da clases de piano en el Conservatorio Real de Bruselas y su hermano es el director de una Cátedra Extraordinaria de Transformación Social Competitiva en la Universidad Libre de Bruselas.

La política exterior española cambió y mucho desde que Sánchez es miembro asesor. Vamos, desde que ya no está. Todo empezó con unos supuestos espías.  Durante años, el Gobierno español negó que los servicios de inteligencia hubieran tenido algún papel en la crisis rifeña. Después negó que agentes hubieran estado allí. Finalmente, cuando se desclasificaron los documentos, descubrimos que había casi tantos españoles infiltrados en el Rif como nativos. Pasaban por allí, dijeron ellos.

Hace doce años, el Rif era todavía una región marroquí marcada por tensiones políticas y protestas contra Rabat. Hoy es una república independiente, con moneda propia, Parlamento, bandera, selección nacional de fútbol femenino y una red de hoteles marca España que te cobran doscientos euros por una habitación con vistas al Mediterráneo.

En 2029 llegó todo. Trump también había pasado a mejor vida.  La agenda 2030 estaba a punto de parir cuando la primavera afectó al Rif.  Y de rebote, al Sahara.  Las fichas de dominó habían caído sin obstáculo alguno. Las supuestas saunas y el Pegasus ya no podían parar el proceso. Muerto el perro, se acabó la rabia.  Incluso Francia nos miraba diferente.

Ceuta y Melilla estaban eufóricas. Canarias, también. La llamada Operación Gurugú empezó como una misión de inteligencia.  Inteligencia española. Y secreta, habría que añadir. Tan secreta que ni Marlaska se hubiera enterado. Vamos, como cuando le entraron por Ceuta y nadie le avisó.

Y lo que empieza bien, termina mejor.  Terminó con invasión de hoteleros, constructores e instaladores de placas solares.  Los primeros se quedaron en el Rif, los últimos al Sahara Occidental.  Y los constructores, en ambos.  Ni la arena ni el cemento son problema.

El resto ya está escrito.  Era la Gaza que Trump deseaba para sí, pero en territorio berebere y con sello español.  Sin necesidad de bombardear nada. Bueno, la sobrasada y la carnixua algo tuvieron que ver.  La Operación Porquetjada sigue sin desclasificarse, si es que alguna vez existió.

Utopía, sueño, quimera…  ¿Y por qué no? Torres más altas han caído.

PUBLICADO EL 20 DE AGOSTO DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA.