MENORQUÍN, SÍ, GRACIAS

 

Hay debates que en Menorca parecen imposibles de mantener sin que inmediatamente aparezca la política. El de la lengua es uno ellos.

En Menorca hablamos menorquín.  También hablamos menorquín. Lo hablamos en nuestras casas, en el trabajo, en nuestras relaciones cotidianas. Lo hemos recibido y aprendido de generaciones anteriores. Es una manera menorquina de hablar que no apareció ayer ni fue inventada por ningún partido político.

Desde el punto de vista filológico, nadie duda que el menorquín pertenece al ámbito lingüístico catalán. El problema empieza cuando ese reconocimiento se convierte en una excusa para considerar que la única forma legítima, culta o válida de expresarnos es el catalán estándar. Una cosa es proteger una lengua y otra muy diferente es estandarizarla hasta hacer desaparecer sus particularidades.

El menorquín no necesita ser convertido en otra cosa para ser protegido. Necesita precisamente que se proteja aquello que lo hace menorquín.

Durante décadas hemos asistido al proceso en el que las formas propias de Menorca han ido quedando relegadas. Determinadas palaPUbras pasan a considerarse incorrectas; determinadas construcciones dejan de utilizarse en los ámbitos formales; determinadas expresiones se conservan únicamente en la conversación familiar o como una especie de pieza de museo. Si no se actúa, las nuevas generaciones terminarán utilizando cada vez menos aquello que sus padres y abuelos utilizaban con naturalidad. Y aquí está la trampa.

Una modalidad lingüística no sobrevive porque una institución diga que la protege. Sobrevive cuando sus hablantes pueden utilizarla con normalidad y sin sentir que están hablando incorrectamente.

El problema de fondo es que la lengua ha dejado de ser únicamente una cuestión lingüística. Para determinados sectores el idioma forma parte de un proyecto llamado Países Catalanes. Y cuando una concepción política necesita que realidades diferentes encajen dentro de una misma construcción cultural, las variedades lingüísticas pueden acabar desempeñando un papel político que va mucho más allá de la filología.

La propia legislación autonómica reconoce que las modalidades insulares deben ser objeto de estudio y protección. Por tanto, reivindicar una protección específica del menorquín no es una extravagancia ni una guerra contra la filología. Es, simplemente, tomarse en serio la diversidad lingüística que existe dentro de Baleares.

Se ha tardado, han pasado demasiados años, pero por suerte, al fin Menorca tiene un conseller de cultura que piensa en menorquín. Gracias Joan Pons Torres.  Ánimo y sigue así. No cambies.

PUBLICADO EL 27 DE AGOSTO DE 2026, EN EL DIARIO MENORCA.